UN HUERTO EN CASA (o el día menos pensado me exilio a la montaña)

Así las cosas, de vacaciones aunque con un trabajo cómodo entre manos, he metido en la maleta las cuatro camisetas que tengo y me he instalado en el campo. Así, a lo residencia de verano. Cuando miro por la ventana veo una montaña, y cuando salgo a la calle huele a lo que huele el campo; algo que es difícil de describir, pero que mola.

El campo es un sitio donde apetece ponerse a cocinar. En estos días hemos metido en el fuego arroz para hacer risotto, carne de la sierra y hasta un botillo, cortesía de V y M. También en estos días hemos recogido los primeros tomates de las matas que plantamos en primavera. Y nos los hemos comido. Con eso de que es verano, nos estamos moviendo, no te creas; pasamos por el Jazzaldia de Donosti, por el pirineo navarro, y aún haremos alguna visitilla playera. Sin embargo, por lo menos un ratito cada día, me he acordado de la montaña que se ve desde la ventana. Y me entran unas ganas muy gordas de quedarme en el campo pa los restos.

Así que desde el campo vamos a hablar, como no podía ser de otra forma, de cómo construir un huerto en la terraza de tu casa. No se trata, ni mucho menos, de un vídeo técnico. Más bien son los consejos más básicos para plantar tomates o calabacines. La tierra siempre húmeda y el sol hacen el trabajo sucio, y luego tú te los comes, que es una actividad muy recomendable. Y todo gracias a mi amigo J, que me dejó grabar en su huerto, y se curró un microtutorial que te cagas. Aunque antes de cerrar el chiringuito de este post, un par de recomendaciones para gastrofans:

1. El pacharán Gaizka, una delicatessen para los amigos de la cara más golfa de la endrina. Le quitan la semilla a las bayas y les queda un licor para quitarse la boina.

2. Los fanáticos de la barbacoa y la cocina a la brasa deberían conocer a la gente de Fuegomarket, tienen el catálogo más completo de leña, aromáticas, carbón y maquinaria, y una curiosa forma de entender el fuego y su efecto sobre los alimentos. En breve, sabréis mucho más de ellos.

Hale, a disfrutar de la canícula.

Pincha aquí para escuchar la canción

Sifón, día 1

Tal vez sean las ganas de empezar a que esto ruede lo que le ha echado sal a este martes parcialmente nuboso en la meseta central. Mientras la radio hablaba de aviones que no se atreven a volar, de tesoreros con cara de extraperlistas, y por la calle la gente estornudaba maldiciendo la rinitis alérgica, yo comenzaba el día en la primera fila de un curso de cocina con sifón de espumas.

La escena era graciosa. Una profesora; doce amas de casa cuarentonas, en el mejor de los casos; un atento ejecutivo, yerno perfecto aunque pegado a un teléfono móvil que no paraba de sonar; y un servidor, completábamos el elenco más rocambolesco que ha dado la Historia de la Gastronomía Moderna. Y en el medio de todos nosotros, el sifón, nuestro amigo durante las próximas diez semanas.

No ha sido una mala clase para empezar, la verdad: sardinas marinadas en pimienta rosa con espuma de frambuesa, tomates confitados en orégano sobre espuma de Idiazábal y, de postre, espuma (no podía ser de otra forma) de crema catalana con gelatina de limón. Los ingredientes en tres fuegos a la vez. Y en el aula, fotos a los platos, chisporroteo de anécdotas de vecindario (adinerado, sí, pero vecindario después de todo), intercambio de recetas personales y una mezcla de olores que le alegraría la mañana a los menos propensos a la sonrisa matutina.

Es posible que para la mayoría de los catorce que allí estábamos, este curso sea una herramienta de ocio, una vía de escape, la forma de echarle barniz a los meses que dura el paro, o el alfa y el omega para triunfar y sorprender en las celebraciones domésticas. Pero no para mí. Yo tengo un plan; un plan con un camino kilométrico por delante, que hoy no ha hecho sino dar un golpe más de rueda, rumbo a la meta. Eso es lo que le ha echado sal a este martes parcialmente nuboso en la meseta central. ¿Creéis que alguien se habrá dado cuenta?