HASTA LA COCINA (o la reflexión mononeuronal sobre mi año en Disneylandia)

Estoy seguro de que, a nada que le echemos un poco de imaginación, fijo que se nos ocurren unas cuantas excusas morbosas para justificar estos casi dos meses de ausencia de letras e imágenes. Un secuestro en la selva colombiana, por ejemplo, a lo Ingrid Betancourt, con escándalo sexual de fondo. O una mala época, sumergido en alcohol barato y micras de heroína de poblado, consecuencia de mis deudas de bingo. Pero no. La verdad es que, por muy cargadas de glamour que suenen estas historias, el motivo real de mi desaparición ha sido, una vez más, la escuela. Recta final, exámenes finales y un viaje a Donosti, donde he visto de cerca lo que es cocinar entre las nubes (y eso que hizo sol) Bueno, eso y que con todo el follón no tenía demasiadas ganas de ponerme a grabar. Seamos honestos.

Si tú que estás leyendo esto no sabes de qué va lo que estoy contando, no tienes más que pasar páginas hacia atrás, y buscar los post de hace un año por estas fechas. En aquel entonces, todavía no teníamos ni puta idea de si acabaríamos estudiando en la mayúscula Escuela Superior de Hostelería y Turismo, si acabaríamos echando hamburguesas a la plancha en un McDonald’s o si acabaríamos con un anuncio en la sección de relax de La Razón. Ah, no; que no tienen. Bueno, ya me entiendes. El caso es que, ahora que ha acabado el curso, le doy vueltas a la idea de que a lo largo de este año me he metido hasta la cocina de un mundo que apenas doce meses atrás me parecía Disneylandia. Y he visto de todo, no te creas. He visto lo que supone trabajar en el sector de la hostelería, con todo lo bueno y lo malo que eso tiene. He conocido a personas apasionantes, superhéroes de la profesión, profesores mediocres y otros con los que aprender a la calor de los rondones ha sido un verdadero privilegio. He empezado a caminar, despacio y con la visión un poco turbia aún, por las veredas del periodismo gastronómico. He soñado con cocineros que trabajan como DJs. Y he aprendido los trucos básicos para que te salga el risotto más rico que te puedes echar a la glotis. Con eso, ya podemos dar el año por bueno.

A lo que voy: que estamos de vacaciones escolares por primera vez desde los años 90, y eso mola mucho. Que estamos preparando una historia que mezcla jazz y cocina, que en breve contaré más en detalle. Y que de Donosti me he traído un regalito para quienes gusten perder el tiempo leyendo éste, su humilde blog. También me metí hasta la cocina, nunca mejor dicho, de las casas de Pedro Subijana, Martín Berasategui y Karlos Arguiñano. Y lo grabé en vídeo, por supuesto. Así que, si tenéis curiosidad por ver cómo son por dentro…

Pincha aquí para escuchar la canción

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Comida de viejas

Es raro de explicar, pero a medida que te vas haciendo mayor coges cierto regusto por las cosas que detestabas años atrás. Sería algo así como el síndrome de Sex Pistols, que empezaron meando desde el escenario al público y acabaron vendiendo los derechos de sus canciones a Universal. Bueno, quizá el ejemplo sea un poco radical, porque a lo que yo me refiero tiene que ver más con la evolución lógica de la especie humana que con el aburguesamiento punk. Pero por ahí van los tiros.

Ocurre que a los 25, por ejemplo, eres incapaz de imaginar la noche de un fin de semana alejado de los bares, de la revolución hormonal y el lumpen en general, y luego te sorprendes a ti mismo con 30 preparándote la cena un sábado, antes de coserte al sofá delante de la tele, más feliz que un depresivo con barra libre en la fábrica de prozac. Con 16 años reniegas de todo lo que no sean guitarras eléctricas, y con 35 acabas rendido a la impecabilidad de los crooners. Y es que con el tiempo, vas cambiando; cambias el pelo largo por el pelo corto (o por la ausencia de pelo, como es mi caso), los himnos por las bulerías, los hongos mágicos por un revuelto de boletus, y un buen día, tú, arquetipo de urbanita, con más asfalto bajo tus suelas que debajo de las ruedas de La Cibeles, te descubres soñando con vivir en el campo.

Cuando era niño, pataleaba cada vez que mi madre me ponía en la mesa un plato de cuchara. Hoy, para comer, me he hecho unas lentejas que no se las salta un gitano. Vivir para ver. O, mejor dicho, para crecer.