Ruido

Después de más de dos semanas sin escribir una sola palabra, ya empezaba a sonarme ruido en la cabeza. Qué le vamos a hacer; uno es de naturaleza responsable para según qué cosas, y el hecho de dejar el blog abandonado a su suerte durante tanto tiempo tarde o temprano te acaba retumbando. Y lo que son las cosas; en este momento en el que me pongo a escribir, el ruido entra por la ventana con la forma de una motosierra que poda los setos que hay debajo de mi casa.

Si tuviera que resumir en ruidos los quince días baldíos que han dejado en barbecho ésta, su bitácora, supongo que entre ellos abundaría, como no podría ser de otra forma, el sonido de tapas de cacerola apoyándose sobre la encimera, por ejemplo. O el gorgojeo de agua hirviendo, el sonido crispado de la carne en la sartén, el crujido de un puerro partiéndose o el timbre que anuncia que el microondas ha cumplido con su cometido. Sin embargo, también han existido ruidos que, en buena parte, han tenido la culpa de esta sequía de letras. Ruidos, en unas ocasiones, como el tecleo insolente que no respeta los fines de semana, y que se disfraza de trabajo freelance a mayor gloria de quienes necesitan hacer avituallamiento de pasta, no vaya a ser que vengan mal dadas. Estruendos, en otras, de apatía o de falta de tiempo que perder. A veces, incluso, la explosión sorda de quien no tiene nada que contar.

Si lo piensas un rato, podrías jalonar los momentos claves de tu existencia solamente con el ruido que los ha ambientado, desde el llanto mismo que ameniza el nacimiento. Bueno, para los sordos esta teoría no sería del todo correcta. “Todos me miran mal, salvo los ciegos, es natural”, que diría Paco Ibáñez. En todo caso, si de algo me he dado cuenta en este par de semanas es de que el ruido que rodea cada uno de tus pálpitos vitales es el correcto la mayoría de las veces. Por eso, lo suyo es no dejar de sentirlo. No dejar de sentir el ruido.

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Esta noche no ceno

Hay días que comienzan como comienza un menú degustación, con un primer plato discreto pero delicioso y muy esperado. Días que empiezan como picatostes de bacalao flotando sobre el lago de patata y puerro de una purrusalda. En mi caso, el día de hoy ha comenzado comprobando en primera persona por qué hay veces en las que dos amigos deciden embarcarse en un negocio. Va más allá de lo mercantil. Se trata de experimentar, silla con silla, cómo un directivo de televisión te deja la puerta de la sala de los tesoros entornada, que no abierta. Cómo, sin saberlo, rinde pleitesía a tres años de entrar por las ventanas y, a veces, a codazos. Eso, verlo en equipo, mola.

Pero también hay días que terminan como si de repente se parase el tráfico, y todos los conductores bajaran la ventanilla para mirarte, cualquiera sabe si para compadecerte, en el peor de los casos. Días en los que es mejor echar a andar, con las manos en los bolsillos y, dentro, los dedos cruzados para que los coches circulen de nuevo. Días que te dejan la digestión de una hamburguesa congelada. Lo mejor de esos días es saber que en casa te espera el remedio a (casi) todos tus males. Algún día os hablaré de ella.

Por eso, creo que esta noche no voy a cenar. Ya desayunaré bien mañana.