Sifón, día 1

Tal vez sean las ganas de empezar a que esto ruede lo que le ha echado sal a este martes parcialmente nuboso en la meseta central. Mientras la radio hablaba de aviones que no se atreven a volar, de tesoreros con cara de extraperlistas, y por la calle la gente estornudaba maldiciendo la rinitis alérgica, yo comenzaba el día en la primera fila de un curso de cocina con sifón de espumas.

La escena era graciosa. Una profesora; doce amas de casa cuarentonas, en el mejor de los casos; un atento ejecutivo, yerno perfecto aunque pegado a un teléfono móvil que no paraba de sonar; y un servidor, completábamos el elenco más rocambolesco que ha dado la Historia de la Gastronomía Moderna. Y en el medio de todos nosotros, el sifón, nuestro amigo durante las próximas diez semanas.

No ha sido una mala clase para empezar, la verdad: sardinas marinadas en pimienta rosa con espuma de frambuesa, tomates confitados en orégano sobre espuma de Idiazábal y, de postre, espuma (no podía ser de otra forma) de crema catalana con gelatina de limón. Los ingredientes en tres fuegos a la vez. Y en el aula, fotos a los platos, chisporroteo de anécdotas de vecindario (adinerado, sí, pero vecindario después de todo), intercambio de recetas personales y una mezcla de olores que le alegraría la mañana a los menos propensos a la sonrisa matutina.

Es posible que para la mayoría de los catorce que allí estábamos, este curso sea una herramienta de ocio, una vía de escape, la forma de echarle barniz a los meses que dura el paro, o el alfa y el omega para triunfar y sorprender en las celebraciones domésticas. Pero no para mí. Yo tengo un plan; un plan con un camino kilométrico por delante, que hoy no ha hecho sino dar un golpe más de rueda, rumbo a la meta. Eso es lo que le ha echado sal a este martes parcialmente nuboso en la meseta central. ¿Creéis que alguien se habrá dado cuenta?

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Elige tu futuro. Elige la vida

Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige buena salud, colesterol bajo y seguro dental. Elige hipoteca a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver teleconcursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… (Trainspotting, 1996)

De eso se trata. De elegir. Acabo de cumplir 36 años, y de ellos, catorce me los he pasado trabajando como periodista en sitios tan peregrinos como la redacción de una revista de tuning, el teletexto de una cadena local o programas de televisión dirigidos y producidos por personas con menos cerebro que criterio, y viceversa. He montado una productora audiovisual sin medios, he intentado enseñar a escribir relatos a gente con parálisis cerebral y he recibido órdenes de redactores jefe que escupían lindezas como “me se ha ido la inspiración” o “hay que arbitrar los mecanismos”. Así que ahora, catorce años después, me toca elegir a mí.

J.J. siempre dice que si quieres llegar a Siberia desde Algeciras no tienes más que dirigir tus pasos hacia el Norte y empezar a caminar. Y eso es exactamente lo que voy a contar en este blog; mi travesía desde Algeciras hasta Siberia, entendiendo por Algeciras un oficio que a fuerza de rutina, desencanto y manías propias de la edad ha dejado de quererme, y por Siberia una secretaria veinteañera estupenda que se lo quiere montar conmigo en los probadores de la sección de lencería de El Corte Inglés, usando espumaderas, sartenes antiadherentes y ollas (ahorrémonos la rima) como juguetes sexuales. Metáforas aparte, y para ir dejando las cosas claras, mi elección pasa por abandonar mi pasado como periodista para convertirme en cocinero.

La verdad es que la cosa tiene cojones. El viaje que me espera incluye, por lo menos, un par de años de formación en la Escuela de Hostelería, y vaya usted a saber cuánto tiempo más deambulando por cocinas en busca de experiencia. Y todo con 36 años, que no se nos olvide. Pero qué le vamos a hacer; para mí, a día de hoy, la felicidad es un estofado de ánimo, un camino que huele a orégano fundiéndose en crema de roquefort a fuego medio. Decía Ray Davies en el 70: “No sé hacia dónde voy, no quiero verlo. Siento el mundo debajo de mí alzando la vista, mirándome a mí”. Da un poco de vértigo, pero no veas cómo mola.