UN HUERTO EN CASA (o el día menos pensado me exilio a la montaña)

Así las cosas, de vacaciones aunque con un trabajo cómodo entre manos, he metido en la maleta las cuatro camisetas que tengo y me he instalado en el campo. Así, a lo residencia de verano. Cuando miro por la ventana veo una montaña, y cuando salgo a la calle huele a lo que huele el campo; algo que es difícil de describir, pero que mola.

El campo es un sitio donde apetece ponerse a cocinar. En estos días hemos metido en el fuego arroz para hacer risotto, carne de la sierra y hasta un botillo, cortesía de V y M. También en estos días hemos recogido los primeros tomates de las matas que plantamos en primavera. Y nos los hemos comido. Con eso de que es verano, nos estamos moviendo, no te creas; pasamos por el Jazzaldia de Donosti, por el pirineo navarro, y aún haremos alguna visitilla playera. Sin embargo, por lo menos un ratito cada día, me he acordado de la montaña que se ve desde la ventana. Y me entran unas ganas muy gordas de quedarme en el campo pa los restos.

Así que desde el campo vamos a hablar, como no podía ser de otra forma, de cómo construir un huerto en la terraza de tu casa. No se trata, ni mucho menos, de un vídeo técnico. Más bien son los consejos más básicos para plantar tomates o calabacines. La tierra siempre húmeda y el sol hacen el trabajo sucio, y luego tú te los comes, que es una actividad muy recomendable. Y todo gracias a mi amigo J, que me dejó grabar en su huerto, y se curró un microtutorial que te cagas. Aunque antes de cerrar el chiringuito de este post, un par de recomendaciones para gastrofans:

1. El pacharán Gaizka, una delicatessen para los amigos de la cara más golfa de la endrina. Le quitan la semilla a las bayas y les queda un licor para quitarse la boina.

2. Los fanáticos de la barbacoa y la cocina a la brasa deberían conocer a la gente de Fuegomarket, tienen el catálogo más completo de leña, aromáticas, carbón y maquinaria, y una curiosa forma de entender el fuego y su efecto sobre los alimentos. En breve, sabréis mucho más de ellos.

Hale, a disfrutar de la canícula.

Pincha aquí para escuchar la canción

Anuncios

Septiembre

Siempre he pensado que septiembre es el mes más especial de todo el año, un triángulo de las Bermudas colocado en mitad de los calendarios donde todo comienza y termina. En realidad, si lo quieres ver de una forma un poco más prosaica, septiembre es un momento en el tiempo a medio camino entre los buenos propósitos y los coleccionables por fascículos, donde nosotros, pobres inconscientes, volvemos a retomar las riendas de nuestras vidas en la medida en la que nos lo permiten, después de haber pasado treinta días (en el mejor de los casos) creyéndonos algo que no somos ni de lejos. Sin embargo, yo sigo prefiriendo creer en septiembres como catapultas, de esos que te pueden lanzar sin que puedas hacer mucho por evitarlo para colocarte en lugares en los que, tal vez, nunca imaginabas que ibas a caer.

Digo esto porque, en mi caso, septiembre siempre ha estado disfrazado de varita mágica. Me ha regalado cosas buenas y otras que lo han sido menos. Septiembre me convirtió de niño en hermano mayor. Luego, con el tiempo, me ha dado un sitio donde vivir y me ha sacado de trabajos absurdos para colocarme en otros que, mirados ahora desde la distancia, eran absurdos también. Pero septiembre también me ha quitado cosas; me ha arrebatado ilusiones y personas a las que quería y aún hoy sigo queriendo. De estudiante, por ejemplo, me quitaba horas de sueño que malgastaba subrayando de mala manera los apuntes que tenía que haberme leído en agosto. Incluso en lo gastronómico, septiembre me ha robado las ganas de comer, habida cuenta de las lorzas veraniegas.

Este septiembre de 2010 que acaba de empezar me ha dado, por el momento, un par de pistas de la que se nos viene encima. Por un lado, un camino nuevo, lleno de dudas pero también de grandes esperanzas. Por otro, la certeza de que, por muy mal dadas que vengan, estaré preparado para ser el mejor padre que mi hijo pueda tener. Nacerá en abril. Ya os iré contando.

Dentro

Han sido doscientos diez días desde enero. Doscientos diez días de decisiones e indecisiones. Doscientos diez días pensando. Doscientos diez días sin saber si el camino que estábamos emprendiendo era el correcto o no. Doscientos diez días con la estúpida sensación de estar perdiendo un alma gemela como injusto pago por perseguir la felicidad (que en este caso, ya sabemos, es un estofado de ánimo) Doscientos diez días repartidos entre sifones, búsqueda de respuestas, cursos de Nutrición y experimentos de cuchillo y tenedor. Doscientos diez días jalonados por la incertidumbre de si sería posible, de si podríamos conseguirlo. Doscientos diez días cociendo la ilusión de un cambio de vida, a ver si ésta es la buena.

Hemos gastado doscientos diez días esperando la noticia que llegó hace apenas una semana. Estamos dentro. La Escuela de Hostelería nos quiere, y cada vez está más claro que nosotros la queremos a ella. El 20 de septiembre comienzan las clases, y yo estaré allí. Dentro. Así que ahora me voy de vacaciones; vacaciones de mí mismo y de mis doscientos diez primeros pasos en este viaje que me llevará de Algeciras a Siberia (recuerda J.J. que tus metáforas son órdenes para mí) Seguro que hay quien, leyendo esto, no entiende una mierda. No preocuparse; a veces yo tampoco entiendo nada.

Nos vemos en septiembre.