ALGUNAS APLICACIONES CON BIZCOCHO LIGERO (o la creatividad como truco para la supervivencia)

Los aficionados a los refranes tienen uno que aplican con resignación cuando las cosas se tuercen: “Poco dura la alegría en casa del pobre”. Pues eso; en mi caso, la alegría ha durado tres meses justos. De febrero a mayo. Hace un par de días me comunicaron que la recesión económica no permite que siga trabajando. Vamos, que no me han renovado el contrato en la cocina de la franquicia vasca esa de la que os hablé hace algún tiempo, porque no tienen un clavel. Y lo de trabajar gratis es que tampoco lo veo…

Siendo como soy del Atleti, estoy más que acostumbrado a la adversidad, así que no me queda otra que abrir el bolsillo de la creatividad y tirar de plan D (el B y el C ya quedaron atrás hace mucho tiempo) A día de hoy, mi plan D tiene bastante que ver con las excelencias que ofrecen la investigación y el periodismo gastronómico. Ya os iré contando.

Y precisamente de creatividad va el videopost de esta semana. Nada tan fácil como hacer un bizcocho ligero, para luego aplicarlo tanto a un plato salado como dulce. Hay que echarle huevos, por supuesto, pero también harina para insulflarnos valor y azúcar para endulzar el trance. Lo demás luego viene solo.

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A veces, bastan dos tortillas

A veces, bastan dos tortillas y un pan hecho en casa para diseñar la mejor cena de toda una semana. No tiene demasiada dificultad. Se trata de ablandar en condiciones la patata y la cebolla; tener una sartén con un tamaño decente, que combine diámetro y grosor; y saber en qué momento hay que girar la mezcla de bulbos y tubérculos. Sin demasiado misterio culinario.

A veces, basta también con un equipo de comensales agradecido, de esos a los que sabes que les pongas lo que les pongas encima de la mesa te van a decir que les gusta, y no van a dejar ni las migas. El de ayer era, a todas luces, el equipo titular: estaba A, por supuesto, y J y L, que habían bajado desde la sierra porque no querían perdérselo. También vinieron V y M, y AL., e I, que fue el encargado de poner la tecnología al servicio de las emociones.

A veces, bastan charlas sin demasiada sustancia; puñados de palabras sueltas sobre cualquier tema, intrascendente o no, que sirvan de camuflaje a los nervios, a las dentelladas de las uñas (después de tanto tiempo…), a la resignación de los perdedores con más encanto. Son palabras tan reconocidas que de puro sobadas ya dan calor. Por eso bastan.

Pero también, a veces, son necesarios gritos de alegría, abrazos y un puñetazo encima de la mesa que ponga las cositas en su sitio. Los abrazos y los gritos corrieron de nuestra cuenta. El puñetazo, en cambio, lo dio un argentino de apenas 22 años que, pegado a la línea de córner, levantó la cabeza y con su mano derecha señaló el primer palo para que un uruguayo, algo más talludo, hiciera el resto.

A veces, bastan dos tortillas para una noche inolvidable. Cuestión de huevos, sin duda.