De profesión, cocinero

Bueno, para resumir. El caso es que no tuve que esperar demasiado a la llamada. Apenas dos días bastaron para conseguir el trabajo: ayudante de cocina a media jornada en un restaurante de una franquicia vasca. En una escena cinematográfica ideal, ahora sería el turno de los fuegos artificiales, la música épica de trompetas y bombos, y todo ese rollo. Lágrima fácil. Nada más lejos.

Desde principios de febrero, mi vida se limita a lo siguiente: a las ocho de la mañana suena el despertador, y comienza una carrera demente por etapas. Entre las ocho y las nueve, quehaceres propios de la higiene personal; ya sabes, ducha, desayuno, lavado de piñata y afeitado los días que toca. Luego, cuesta arriba a coger un metro donde los ejecutivos de diseño (esto no es tópico, es una verdad grande como un zepelín) se mezclan con los acordeonistas, que últimamente son tendencia en el suburbano, para llegar a las afueras de Madrid un poco antes de las diez, mi hora de entrada. A partir de ahí, una hora de elaboración de pintxos creativos, dos horas de fogoneo para el menú, y otras dos horas de servicio y comandas, donde el marcha y pasa se convierte en algo parecido a los sueños raros que tienes cuando te sube la fiebre: todo da vueltas, las escenas se repiten (o eso te parece a ti), el suelo resbala y el error más mínimo es motivo para que te llamen la atención porque, una vez más, se te están viendo las costuras de quien no tiene experiencia ninguna en una cocina. Uf… Después, de nuevo el metro, los acordeonistas y un inquietante olor a fritanga en las manos, camino de la escuela, donde entro a las tres y media, paso un par de horas de teoría y me endoso otras cinco de cocina. A las diez y media de la noche llego a casa, A. me pregunta qué tal me ha ido el día, y a veces no tengo ganas ni de contestar. Pero como la conciliación de la vida laboral y la personal manda, saco fuerzas de los complejos vitamínicos que he empezado a tomar para poder llegar hasta el viernes sin que me dé un colapso, y le hago un resumen que, algunas veces, me sirve para darme cuenta de los fregaos en los que me meto (quién me mandaría a mí)

Este es el momento en el que los aficionados a los refranes y el acervo dirían que sarna con gusto no pica, que a quien Dios se la dé que San Pedro se la bendiga y demás frases enervantes. Pues es verdad. No estamos para quejarnos. Si acaso, dos pegas: la primera, el horario me hace difícil ver a la gente que quiero. La segunda, el mismo horario me hace casi imposible escribir en este, su humilde blog, tanto como me gustaría. La primera de las pegas intento salvarla en cuanto tengo cinco minutos para respirar. La segunda, trataré de salvarla aunque sea en los ratos de metro. Amenizado, cómo no, por la música de algún puto acordeón.

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Vale quien sirve

La Escuela Superior de Hostelería está situada en la Casa de Campo de Madrid. Quienes no conozcan la zona no sabrán que la Casa de Campo es un parque enorme en el que se mezclan domingueros, corredores, prostitutas y ociosos en general. Tiene un lago, un parque de atracciones y un zoológico con un oso panda. No es un mal sitio si lo tuyo es el rollo natural. O si quieres irte de putas, claro.

En los alrededores de la escuela hay siempre grupos pequeños de adolescentes, sentados en los bancos cercanos o apoyados en el muro que rodea el edificio. Algunos (muchos, la mayoría) fuman porros con un ojo puesto en la china y el otro en los coches de policía municipal que, con bastante frecuencia, hacen ronda por la zona. A simple vista, la fachada y todo el conjunto parecen los propios de un instituto de secundaria. Nadie diría que sus paredes encierran la escuela de cocina con más solera de todo el Estado español.

De vez en cuando, entra alguien más talludo, como fue mi caso ayer, primer día de mis dos años de formación para convertirme en cocinero. Para ser justos, debo decir que lo que vi no superó en absoluto mis espectativas; alrededor de cuarenta personas en clase, de las cuales treinta podrían tener más de veinte años menos que yo. Además, en mis primeras prácticas en cocina, no hice otra cosa que picar patatas, pesar unos buñuelos y limpiar una máquina de amasar. Bueno, eso después de que me mandaran a casa por haberme presentado en clase sin afeitar, que esa es otra. Sin embargo, fue a la salida cuando creo que le encontré cierto tranquillo a todo esto. En la puerta principal, escrito en unas letras discretas de color negro, pude leer la siguiente inscripción: “Vale quien sirve”. La frase es inquietante, para qué negarlo. Y tampoco es que la entienda muy bien. Pero es precisamente por eso, porque hay cosas que a primera vista no se entienden y luego resultan fundamentales, por lo que todo esto debe de tener algún sentido.

De todas formas, para desquitarme un poco, he decidido que este fin de semana haré coulant de chocolate de postre, que viene a ser lo mismo que trabajar montando escenarios y pasar luego tus ratos libres tocando la guitarra en casa creyéndote Jimi Hendrix. Anda que no…

Microrrelato pequeño y, en consecuencia, redundante

El crítico gastronómico entró en el restaurante y pidió el bocado más especial de la casa. Una hora y media más tarde, el camarero se dirigió a la sala y le colocó sobre la mesa un plato vacío. Ambos, crítico y camarero, se miraron con cara de desconcierto, ignorantes de lo imprevisible que puede llegar a ser un cocinero indeciso.

Pues eso, que a mí tampoco se me ocurría sobre qué escribir hoy. A ver mañana.

Para que luego digan que no se aprende nada viendo la tele

Ayer aprendí dos cosas viendo la televisión. La primera de ellas me la enseñó un programa que mostraba a extranjeros que viven en España, a los que las cosas no les iban nada mal. El encargado de transmitir la enseñanza en cuestión se llamaba Andrea Tumbarello; un tipo italiano, orondo, bastante avanzado en la cincuentena y cocinero en Madrid desde hace cinco años. Contaba Andrea que su vida en Italia era la propia de un economista, y que fue aquí, en la capital, donde tuvo la revelación que le empujó a dedicarse a la cocina. En un fragmento de los cinco minutos escasos que duró su reportaje, Andrea dijo una frase mágica. Tal vez fuera una expresión manida, algo que ya sabía que diría cuando le avisaron de que un equipo de televisión iba a hacerle una entrevista. Pero la frase, conmigo, hizo diana: “La felicidad no consiste en hacer lo que te gusta, sino en gustarte lo que haces”.

Aprendizaje número 1: voy por buen camino. Quiero decir, a mí me encanta lo que hago cuando me meto en una cocina; me encanta buscar el mejor producto, mimarlo en el fuego y no sólo disfrutarlo después, sino hacer que otros lo disfruten tanto como yo. Por eso, sé que voy por buen camino. Gracias, Andrea.

La segunda enseñanza me la regaló el telediario. A eso de las tres y media conectaron con el Salón del Gourmet, la feria que está reuniendo en Madrid a lo más granado de la viruta gastronómica nacional e internacional. Por la pantalla aparecían cortadores de jamón ibérico, catadores de aceite, delicias emplatadas que parecían cuadros de Dalí… y un champán con polvo de oro en su interior.

Aprendizaje número 2: ¿es necesario meterle oro a un champán para otorgarle la categoría que merece? Y si es así, ¿será necesario bañar un queso francés en petróleo para darle un toque de distinción? El plutonio también es caro: ¿habrá que inyectárselo a la ternera para que sea lo más fetén de la carta? Creo que no. Gracias, telediario.

Elige tu futuro. Elige la vida

Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige buena salud, colesterol bajo y seguro dental. Elige hipoteca a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver teleconcursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… (Trainspotting, 1996)

De eso se trata. De elegir. Acabo de cumplir 36 años, y de ellos, catorce me los he pasado trabajando como periodista en sitios tan peregrinos como la redacción de una revista de tuning, el teletexto de una cadena local o programas de televisión dirigidos y producidos por personas con menos cerebro que criterio, y viceversa. He montado una productora audiovisual sin medios, he intentado enseñar a escribir relatos a gente con parálisis cerebral y he recibido órdenes de redactores jefe que escupían lindezas como “me se ha ido la inspiración” o “hay que arbitrar los mecanismos”. Así que ahora, catorce años después, me toca elegir a mí.

J.J. siempre dice que si quieres llegar a Siberia desde Algeciras no tienes más que dirigir tus pasos hacia el Norte y empezar a caminar. Y eso es exactamente lo que voy a contar en este blog; mi travesía desde Algeciras hasta Siberia, entendiendo por Algeciras un oficio que a fuerza de rutina, desencanto y manías propias de la edad ha dejado de quererme, y por Siberia una secretaria veinteañera estupenda que se lo quiere montar conmigo en los probadores de la sección de lencería de El Corte Inglés, usando espumaderas, sartenes antiadherentes y ollas (ahorrémonos la rima) como juguetes sexuales. Metáforas aparte, y para ir dejando las cosas claras, mi elección pasa por abandonar mi pasado como periodista para convertirme en cocinero.

La verdad es que la cosa tiene cojones. El viaje que me espera incluye, por lo menos, un par de años de formación en la Escuela de Hostelería, y vaya usted a saber cuánto tiempo más deambulando por cocinas en busca de experiencia. Y todo con 36 años, que no se nos olvide. Pero qué le vamos a hacer; para mí, a día de hoy, la felicidad es un estofado de ánimo, un camino que huele a orégano fundiéndose en crema de roquefort a fuego medio. Decía Ray Davies en el 70: “No sé hacia dónde voy, no quiero verlo. Siento el mundo debajo de mí alzando la vista, mirándome a mí”. Da un poco de vértigo, pero no veas cómo mola.