TRES BUENOS MOTIVOS PARA VOLVER A ESCRIBIR (o la importancia de cultivar un jardín de flores raras)

Retomar la escritura periódica de un blog es complicado cuando te tiras una buena temporada sin publicar una sola palabra. La cosa toma un carácter casi dramático cuando la “temporada” en cuestión suma más de ocho meses. A pesar de que habitualmente he utilizado estas páginas para vomitar un buen puñado de miserias personales, no será hoy cuando dé explicaciones acerca de los motivos de mi espantada. No he estado, y punto. Si en lugar de un periodista-cocinero (o cocinero-periodista, aún no sé muy bien cómo establecer los órdenes de mi cara profesional) fuese, qué sé yo, un astronauta, podría decir que se me ha roto el cable que me conectaba a la nave, y he vagado durante ocho meses flotando por el espacio. He visto estrellas (pocas, todo hay que decirlo) y también he visto alienígenas con caras horribles. Eso es todo lo que diré.

Sin embargo, sí tengo ganas de explicar las tres razones que me han hecho sentarme hoy a escribir. Nada relacionado con la cocina, que es para lo que montamos este chiringuito. Más bien, todo relacionado con las crisis personales que adornan el subtítulo de este blog. Empecemos por el principio:

RAZÓN 1: la primera de las razones tiene los ojos azules y el pelo rubio. No mide más de 70 centímetros. Hay noches que duerme doce horas de un tirón y otras, depende de cómo haya cenado, te reclama a eso de las 4 de la madrugada para que le ayudes a volver a conciliar el sueño. La primera de las razones se llama Aitana, y nació hace justo ahora ocho meses. La primera de las razones es mi hija, una flor rara que te escupe un puñetazo de luz cada vez que abre la boca para sonreír, y es entonces cuando te da por pensar que, en realidad, tiene bastante sentido esto de estar vivo. Hay veces que envidio a Aitana por el mero hecho de estar tan por hacer, de tener una perspectiva de vida tan abierta, tan virgen y tan dispuesta, por pura naturaleza, a aprender en cada paso. Por eso, porque me gustaría que aprendiera lo bueno (no sé si mucho o poco, aquí tampoco tengo órdenes establecidos) que de mí pudiera aprovechar, vuelvo a escribir para que sepa que es recomendable acabar lo que uno empieza y, sobre todo, que no está nada bien eso de rendirse. Por muy largo que sea el desierto. Y por mucho calor que haga.

RAZÓN 2: la razón número 2 son los demás, los que están a tu alrededor, los que ves y los que no ves. Los que te aplaudieron en los primeros metros de esta carrera de fondo, y cuyas palmas se han diluido ahora que los kilómetros y el cansancio se han encaramado a tu espalda. La gente que te quiere, y también la que no. Incluso aquellos a los que le importas una mierda. Las personas que sufren contigo, las que ríen esperanzadas cuando ríes, y que vuelven a caerse a tu lado cuando la risa no te dura más de lo que dura un instante. Hace muy poco me sorprendió el mensaje que I dejó en el blog. En él decía que las cuatro letras que hemos ido juntando durante estos dos años y pico le influyeron en su día para cambiar de vida y trasladarse a Madrid a estudiar Cocina y Gastronomía. También por él vuelvo a escribir. Gente. Flores raras, después de todo.

RAZÓN 3: la tercera razón soy yo mismo, y conmigo, los monstruos que me han acompañado durante estos ocho meses, y aún hoy se sientan a mi mesa a cenar, retándome con que si la sopa está fría o que si a la carne le falta sal. Recuerden, no habrá explicaciones. Sólo diré que creo en las flores raras, entre las que me incluyo sin dudar, y en el derecho inalienable que éstas tienen a crecer entre la mala hierba. Por eso, por crecimiento, por subsistencia y porque me sale de los cojones, hoy he vuelto a escribir.

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Treinta días

El viernes pasado se cumplió un mes desde que empecé a publicar este blog, que es lo mismo que decir que el viernes pasado se cumplió un mes desde que tomé la decisión irrevocable, a pesar de que lo tenía pensado desde mucho tiempo antes, de cambiar de vida laboral. Han sido treinta días escribiendo, a ratos sueltos, el inventario de las horas que pasan, camino de mi futuro. Treinta días haciendo de la cocina de mi casa la trinchera de una guerra culinaria sin enemigos. Sólo por el puro placer de cocinar, antes de que alguien me enseñe a hacerlo de verdad.

En todo este tiempo, he cocinado cosas mejores que otras, para qué nos vamos a engañar. Sin ir más lejos, el otro día me marqué una tortilla de verduras digna de ser fotografiada. De hecho, lo hice; le hice fotos como si fuera un hijo disfrazado de futbolista. También me salieron muy bien (aunque a éstas no les hice fotos) unas croquetas de alcachofa con jamón, fruto de un ensayo previo con las propias alcachofas que casi acaba en la basura. Y mira que me gusta poco tirar comida.

Pero luego también ha estado el arroz vegetariano, único de su especie en el mundo con la peculiaridad de no saber absolutamente a nada. O la gelatina de lentejas, una de las experiencias más desagradables que recuerdo desde que aquella señora me vomitó encima su sobredosis de sidra, a la tierna edad de doce años, subidos en el galeón pirata de una verbena de barrio.

La verdad es que no sé si realmente hay gente leyendo este blog de forma periódica, o es sólo que los que manejan las estadísticas de WordPress trucan los resultados para subir la moral de los principiantes. Así las cosas, como conmemoración de este primer mes de exhibicionismo emocional, y también para tantear si es cierto que hay alguien prestando la más mínima atención a las cosas que a uno se le pasan por la cabeza, propongo un experimento: que mandéis, a través de comentarios a este post, vuestras recetas favoritas. O las que más odiéis. O las que nunca habéis hecho. O las que nunca perderíais el tiempo en hacer. Yo, por mi parte, me comprometo a cocinarlas todas, y contarlo aquí dentro de treinta días exactamente a partir de hoy. Todo sea por seguir ganando experiencia, equilibrar la dieta o saber si en realidad lo que pasa es que estamos hablando solos.

Tenemos treinta días por delante. A ver qué sale.

Para que luego digan que no se aprende nada viendo la tele

Ayer aprendí dos cosas viendo la televisión. La primera de ellas me la enseñó un programa que mostraba a extranjeros que viven en España, a los que las cosas no les iban nada mal. El encargado de transmitir la enseñanza en cuestión se llamaba Andrea Tumbarello; un tipo italiano, orondo, bastante avanzado en la cincuentena y cocinero en Madrid desde hace cinco años. Contaba Andrea que su vida en Italia era la propia de un economista, y que fue aquí, en la capital, donde tuvo la revelación que le empujó a dedicarse a la cocina. En un fragmento de los cinco minutos escasos que duró su reportaje, Andrea dijo una frase mágica. Tal vez fuera una expresión manida, algo que ya sabía que diría cuando le avisaron de que un equipo de televisión iba a hacerle una entrevista. Pero la frase, conmigo, hizo diana: “La felicidad no consiste en hacer lo que te gusta, sino en gustarte lo que haces”.

Aprendizaje número 1: voy por buen camino. Quiero decir, a mí me encanta lo que hago cuando me meto en una cocina; me encanta buscar el mejor producto, mimarlo en el fuego y no sólo disfrutarlo después, sino hacer que otros lo disfruten tanto como yo. Por eso, sé que voy por buen camino. Gracias, Andrea.

La segunda enseñanza me la regaló el telediario. A eso de las tres y media conectaron con el Salón del Gourmet, la feria que está reuniendo en Madrid a lo más granado de la viruta gastronómica nacional e internacional. Por la pantalla aparecían cortadores de jamón ibérico, catadores de aceite, delicias emplatadas que parecían cuadros de Dalí… y un champán con polvo de oro en su interior.

Aprendizaje número 2: ¿es necesario meterle oro a un champán para otorgarle la categoría que merece? Y si es así, ¿será necesario bañar un queso francés en petróleo para darle un toque de distinción? El plutonio también es caro: ¿habrá que inyectárselo a la ternera para que sea lo más fetén de la carta? Creo que no. Gracias, telediario.

Hambre

El hambre espabila. Quiero decir, que cuando tomas la decisión de mandar a tomar por culo lo que te ha dado de comer durante un puñado de años, no te queda otra que buscarte la vida porque el tiempo corre en tu contra. Y entonces, se te despiertan unas conexiones cerebrales que deben de estar relacionadas con la osadía o algo así. Digo todo esto porque en el tiempo que ha transcurrido desde que decidí dedicar mis días a cocinar, he hecho cosas que en estado de equilibrio psico-laboral probablemente ni se me habrían pasado por la cabeza. Cosas como localizar a B, alguien con quien no había vuelto a hablar desde 1990. B es hoy un cocinero que te cagas; un tipo que ha estudiado en París, que ha currado con alguno de los más grandes y que dirige en Madrid un pequeño restaurante donde te puedes comer un huevo de corral a 69º con trufa y puré de apio.

A pesar de que con quince años fuimos bastante colegas durante una temporada, bebimos bourbon y escuchamos a los Cramps, yo creo que B ni siquiera se acordaba de mí. Pero las conexiones cerebrales de las que hablaba antes me empujaron a llamarle y contarle mis planes rocambolescos. Y el caso es que me recibió. Da igual que me dijese que la cocina es un trabajo de locos, y que lo mejor que podía hacer era olvidarme. Lo importante es que también me dijo que cocinar es el oficio más apasionante del mundo, mientras intentaba describirme el indescriptible sabor de la becada. Y a estas alturas de la película, con eso me basta para seguir adelante.

A lo que voy es a que el hambre espabila. No hablo sólo de hambre física, sino también de hambre de respuestas, de hambre entendida como inquietud o simplemente como inconformismo. Tal es así que anoche, para cenar, herví tres puerros cortados en juliana, y cuando estuvieron bien blandos, los pasé por la batidora incorporando un poco de nata. Luego, como si llevara haciendo esto toda la vida, corté una manzana en dados pequeños, los poché en la sartén con ajo picado y los añadí a la mezcla. El resultado final, un inconformista puré de puerros con manzana que nos comimos con pollo. Y de postre, me puse este temazo de los Cramps.