MILHOJA DE ARROZ A LA CUBANA (o cómo empezar otra vez desde el principio)

Decidido queda. A partir de hoy, éste, su humilde blog, pasa a convertirse en videoblog. O lo que es lo mismo, seguiremos contando nuestras miserias, pero las vestiremos un poco de imágenes por aquello de ilustrar un poco el asunto. Después de todo, estamos aquí para hablar de cocina, ¿no?

El caso es que la idea no es repetir el patrón de videoblog de recetas, que ya hay unos cuantos y lo hacen muy bien. Aquí de lo que vamos a tratar es de divulgar. Así, por las bravas. Me explico; habrá recetas, por supuesto, pero también habrá entrevistas con cocineros, cocina para niños, planteamientos de cocina creativa para celiacos o diabéticos, reportajes de viajes gastronómicos… Lo que se nos vaya pasando por la cabeza, vamos. Y lo que le apetezca ver a la gente (porque, hay alguien ahí… ¿no?)

El otro día contaba que nos habían (perdón por el plural mayestático, pero siempre se me ha dado fatal individualizar el discurso) seleccionado para representar, junto con cuatro personas más, a la Escuela Superior de Hostelería en el concurso de pinchos de la Cátedra Ferrán Adriá. Pues bien, el primero de los vídeos será la versión 1.0 que preparé para el acontecimiento, y que, obviamente, no será con el que participe. Se trata de una milhoja de arroz a la cubana, una forma divertida de presentar un plato clásico de la cocina de toda la vida. Ya me diréis que os parece.

Señoras, señores: bienvenidos al nuevo estofado de ánimo. Just like starting over, que diría John Lennon…

Pincha aquí para escuchar la canción

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Carne de gallina en pepitoria

Hoy es uno de esos días que te los pasas con la carne de gallina sin ninguna razón especialmente relevante. Bueno, supongo que influye que la escuela ha cerrado por vacaciones, y después de dos meses y medio tengo la tarde libre para rascarme el higo o, poniéndonos productivos, escribir un poquito, porque vaya tela lo descuidado que tengo el blog. Pero a lo que íbamos; que llevo todo el día con la carne de gallina por los motivos más peregrinos. Esta mañana, por ejemplo, mientras aliñaba unos solomillos en el curro antes de pasarlos por la brasa, me he acordado de dónde estaba hace justo un año; por aquel entonces no paraba de pensar en el futuro y, mira por dónde, hoy, un año después, me he permitido el lujo de recordar el pasado sin nostalgias ni esas mierdas. Sólo por recordar. Y se me ha puesto la carne de gallina.

Luego, en el metro, de camino a casa, unos chavales turcos, gente con pasta a juzgar por las cámaras que llevaban colgadas del cuello, han empezado a hacerle fotos a una niña que no tendría ni un año. Lo hacían en agradecimiento hacia la madre de la criatura, que un rato antes les había indicado cómo llegar hasta la plaza de toros de Las Ventas. Un agradecimiento raro, en todo caso, porque luego, cuando se han bajado del vagón, ni siquiera han hecho intención de tomar nota de un correo electrónico o algo para enviar las imágenes a los orgullosos progenitores, que sostenían a la cría como si tuvieran en brazos una réplica de Kate Moss en miniatura. Llámame maricón si quieres, pero la escena también me ha puesto la carne de gallina. En qué estaré yo pensando…

Y ahora llego a casa, enciendo el ordenador, me pongo esta canción y venga, la carne de gallina otra vez. Así que, con la sensibilidad cutánea de un consumidor de éxtasis, he decidido escribir sobre esta sensación que me recorre el cuerpo, y dejar para mañana (o pasado, que ahora tengo las tardes libres. Sí, ya sé que lo he mencionado antes, pero es que aún no me hago a la idea) novedades culinarias, como que me he clasificado junto a otros cuatro compañeros de la escuela para participar en el concurso de pinchos que organiza la cátedra Ferrán Adría de la Universidad Camilo José Cela. Pero eso, mañana (o pasado), que ahora me piro a la calle, a que me dé el sol en la cara.

De profesión, cocinero

Bueno, para resumir. El caso es que no tuve que esperar demasiado a la llamada. Apenas dos días bastaron para conseguir el trabajo: ayudante de cocina a media jornada en un restaurante de una franquicia vasca. En una escena cinematográfica ideal, ahora sería el turno de los fuegos artificiales, la música épica de trompetas y bombos, y todo ese rollo. Lágrima fácil. Nada más lejos.

Desde principios de febrero, mi vida se limita a lo siguiente: a las ocho de la mañana suena el despertador, y comienza una carrera demente por etapas. Entre las ocho y las nueve, quehaceres propios de la higiene personal; ya sabes, ducha, desayuno, lavado de piñata y afeitado los días que toca. Luego, cuesta arriba a coger un metro donde los ejecutivos de diseño (esto no es tópico, es una verdad grande como un zepelín) se mezclan con los acordeonistas, que últimamente son tendencia en el suburbano, para llegar a las afueras de Madrid un poco antes de las diez, mi hora de entrada. A partir de ahí, una hora de elaboración de pintxos creativos, dos horas de fogoneo para el menú, y otras dos horas de servicio y comandas, donde el marcha y pasa se convierte en algo parecido a los sueños raros que tienes cuando te sube la fiebre: todo da vueltas, las escenas se repiten (o eso te parece a ti), el suelo resbala y el error más mínimo es motivo para que te llamen la atención porque, una vez más, se te están viendo las costuras de quien no tiene experiencia ninguna en una cocina. Uf… Después, de nuevo el metro, los acordeonistas y un inquietante olor a fritanga en las manos, camino de la escuela, donde entro a las tres y media, paso un par de horas de teoría y me endoso otras cinco de cocina. A las diez y media de la noche llego a casa, A. me pregunta qué tal me ha ido el día, y a veces no tengo ganas ni de contestar. Pero como la conciliación de la vida laboral y la personal manda, saco fuerzas de los complejos vitamínicos que he empezado a tomar para poder llegar hasta el viernes sin que me dé un colapso, y le hago un resumen que, algunas veces, me sirve para darme cuenta de los fregaos en los que me meto (quién me mandaría a mí)

Este es el momento en el que los aficionados a los refranes y el acervo dirían que sarna con gusto no pica, que a quien Dios se la dé que San Pedro se la bendiga y demás frases enervantes. Pues es verdad. No estamos para quejarnos. Si acaso, dos pegas: la primera, el horario me hace difícil ver a la gente que quiero. La segunda, el mismo horario me hace casi imposible escribir en este, su humilde blog, tanto como me gustaría. La primera de las pegas intento salvarla en cuanto tengo cinco minutos para respirar. La segunda, trataré de salvarla aunque sea en los ratos de metro. Amenizado, cómo no, por la música de algún puto acordeón.

Un buen día para el héroe de la clase trabajadora

Como de costumbre, llego tarde. No es algo que haga de forma intencionada, ni un acto de divismo, ni nada que se le parezca. Sólo es que, a veces (no, a veces no; casi siempre) es como si los minutos, las horas y hasta los días se me quedasen pequeños, igual que se me ha quedado pequeña tantas veces la ropa. A lo que voy es que, una vez más, llego tarde para contar (hoy, martes) que el viernes pasado fue un gran día. Tampoco es que ocurriera nada realmente extraordinario, pero sí coincidieron en el tiempo y en el espacio un par de detalles-subidón; detalles de esos que… bueno, yo creo que el calificativo “detalle-subidón” hace inútil cualquier explicación, ¿no? Pues eso.

El primero de esos detalles sonó a cerrojazo, pero un cerrojazo dulce. El viernes mandaba la sensación de haber cerrado una etapa sin rencores. Se acabó lo que para mí era la idea perfecta hace dos años, y que rápido dejó de serlo. Por eso, chicos de Miramapa, sólo espero que tengáis toda la suerte que pueda caber dentro de un proyecto. Que os ilumine la inspiración, que se pongan en fila india todos los planetas y que Google os deje encima de la mesa lo antes posible un cheque con el tamaño de todos vuestros sueños.

El segundo detalle apareció en la escuela, de la mano de S.F., uno de los profesores más reputados de los que circulan por allí. Debo decir que en los últimos meses he dado el coñazo hasta a los bedeles con el soniquete de que estoy buscando trabajo en una cocina, ya sea cocinando propiamente, pelando cebollas o fregando la batería, si fuera necesario. El objetivo, más allá de lo económico (que ya empieza a ser urgente, para qué nos vamos a engañar), es intentar aprender apretando el acelerador, además de ventilar un poco la mollera, que después de tanto tiempo sin trabajar a uno se le está empezando a quedar cara de vendedor de Biblias en Azerbaiyán. El caso es que lo que S.F. traía el viernes en la mano era un número de teléfono. A veces, un simple número de teléfono apuntado en un papel arrugado puede alegrarte el día, sobre todo si el titular tiene la posibilidad de darte curro.

Así que en esas estamos, saboreando aún lo que queda de dulce en el recuerdo del viernes, y esperando una llamada de teléfono que puede hacerme entrar de cabeza en la segunda fase de mi cambio de vida. Ya os iré contando.

2010 razones para no escribir nada demasiado profundo

Pues eso, que este año ha sido tan largo, tan raro, tan difícil, tan fácil, tan absurdo y tan interesante, que ponerse a disertar sobre ello podría hacer que se nos quemara la cena en el horno. Y tampoco es plan.

Por eso, a afilar los colmillos, que 2011 tiene que ser un año para comérselo. Ójala que nos traiga más recetas, más desayunos, comidas y cenas. Que nos salpimente bien la vida. Y que nos regale canciones que nos abran tanto el apetito como ésta. Yo no me la quito de la cabeza.

Cabeza de ratón

Había pensado titular este post “Exámenes”, porque en realidad ellos han sido los culpables de que éste, su humilde blog, haya estado desatendido durante tanto tiempo. Cuando fantaseaba con la Escuela Superior de Hostelería (tampoco hace tanto tiempo), me la imaginaba como una cocina con una magnitud de kilómetros cuadrados, por la que corretearían aprendices de chef vestidos de blanco emulando a las grandes estrellas de la gastronomía mundial como Bocuse, Ferrán Adriá o Ratatouille, el ratón cocinero. Sin embargo, lo que me he encontrado en las pocas semanas que llevo arrimándole la cebolleta a mi nueva vida ha sido muy diferente, la verdad. Lo de corretear por la cocina se cumple; cada día pasamos alrededor de cinco horas pegados a los fogones sacando adelante dos servicios de sesenta personas, además de dar de cenar a cinco empleados de office y a ocho profesores. Pero también nos hemos merendado (obsérvese que la metáfora culinaria ha perdido el esplendor de tiempos pasados por el desgaste neuronal, más que nada) la suculenta cantidad de diez exámenes, repartidos entre las asignaturas de Técnicas Culinarias, Preelaboración de Alimentos, Procesos Básicos de Repostería, Empresa e Iniciativa Emprendedora y Seguridad e Higiene. Echando a ojo las cuentas, sale a más de un examen por semana en apenas un par de meses.

Yo pensaba que ya había perdido la costumbre de pasar por el trance académico de los exámenes. Pero, mira por dónde, ahora que acaba el trimestre e intento reponerme de la paliza de apuntes, horas de estudio, tensiones, apretones gastrointestinales por aquello de los nervios y demás, caigo en la cuenta de que, en realidad, los exámenes nunca me han abandonado. Ni siquiera en los años (quince, nada menos) en los que esperaba de mí mismo ser un periodista de éxito, sin que hoy sepa todavía muy bien qué coño significaba eso. Cada día, cada noche, cada encargo para la productora, cada página escrita en cada una de las revistas en las que trabajé, cada nota de prensa y cada guión. Cada latido era un examen, con la salvedad de que no estaba muy claro quién era el examinador. Miento. Ahora sí que empiezo a tenerlo claro. El examinador no era yo, ni eran mis jefes. Tampoco eran mis compañeros. Ni siquiera la sociedad era la culpable, como decía Siniestro Total. Los examenes me los ponía el reflejo estúpido de llegar a ser una cola más de león en una selva por la que los ratones no tienen intención ninguna de pasear.

Así que ahora que empiezan a quedar lejos los exámenes reales y los psicológicos (éstos más lejos que aquéllos, la verdad, que el próximo trimestre empieza en menos de un mes), me preparo un té calentando el agua en el microondas, me siento delante de la pantalla y acaricio la idea de convertirme en cabeza de ratón. Y si tengo que elegir un ratón en concreto, me quedo con Ratatouille, el ratón cocinero, por supuesto.

 

Microrrelato pequeño y, en consecuencia, redundante II

Era un tipo absolutamente normal. Absolutamente normal en cualquiera de las facetas de su vida; sus gustos eran absolutamente normales, su forma de vestir era absolutamente normal. Sus pensamientos, sus acciones, su relación con los demás. Todo era absolutamente normal. Tan absolutamente normal era que, cuando fue consciente de que podía predecir y satisfacer los gustos, los pensamientos, y las acciones de quienes, como él, eran absolutamente normales, se convirtió en alguien especial.