2010 razones para no escribir nada demasiado profundo

Pues eso, que este año ha sido tan largo, tan raro, tan difícil, tan fácil, tan absurdo y tan interesante, que ponerse a disertar sobre ello podría hacer que se nos quemara la cena en el horno. Y tampoco es plan.

Por eso, a afilar los colmillos, que 2011 tiene que ser un año para comérselo. Ójala que nos traiga más recetas, más desayunos, comidas y cenas. Que nos salpimente bien la vida. Y que nos regale canciones que nos abran tanto el apetito como ésta. Yo no me la quito de la cabeza.

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Cabeza de ratón

Había pensado titular este post “Exámenes”, porque en realidad ellos han sido los culpables de que éste, su humilde blog, haya estado desatendido durante tanto tiempo. Cuando fantaseaba con la Escuela Superior de Hostelería (tampoco hace tanto tiempo), me la imaginaba como una cocina con una magnitud de kilómetros cuadrados, por la que corretearían aprendices de chef vestidos de blanco emulando a las grandes estrellas de la gastronomía mundial como Bocuse, Ferrán Adriá o Ratatouille, el ratón cocinero. Sin embargo, lo que me he encontrado en las pocas semanas que llevo arrimándole la cebolleta a mi nueva vida ha sido muy diferente, la verdad. Lo de corretear por la cocina se cumple; cada día pasamos alrededor de cinco horas pegados a los fogones sacando adelante dos servicios de sesenta personas, además de dar de cenar a cinco empleados de office y a ocho profesores. Pero también nos hemos merendado (obsérvese que la metáfora culinaria ha perdido el esplendor de tiempos pasados por el desgaste neuronal, más que nada) la suculenta cantidad de diez exámenes, repartidos entre las asignaturas de Técnicas Culinarias, Preelaboración de Alimentos, Procesos Básicos de Repostería, Empresa e Iniciativa Emprendedora y Seguridad e Higiene. Echando a ojo las cuentas, sale a más de un examen por semana en apenas un par de meses.

Yo pensaba que ya había perdido la costumbre de pasar por el trance académico de los exámenes. Pero, mira por dónde, ahora que acaba el trimestre e intento reponerme de la paliza de apuntes, horas de estudio, tensiones, apretones gastrointestinales por aquello de los nervios y demás, caigo en la cuenta de que, en realidad, los exámenes nunca me han abandonado. Ni siquiera en los años (quince, nada menos) en los que esperaba de mí mismo ser un periodista de éxito, sin que hoy sepa todavía muy bien qué coño significaba eso. Cada día, cada noche, cada encargo para la productora, cada página escrita en cada una de las revistas en las que trabajé, cada nota de prensa y cada guión. Cada latido era un examen, con la salvedad de que no estaba muy claro quién era el examinador. Miento. Ahora sí que empiezo a tenerlo claro. El examinador no era yo, ni eran mis jefes. Tampoco eran mis compañeros. Ni siquiera la sociedad era la culpable, como decía Siniestro Total. Los examenes me los ponía el reflejo estúpido de llegar a ser una cola más de león en una selva por la que los ratones no tienen intención ninguna de pasear.

Así que ahora que empiezan a quedar lejos los exámenes reales y los psicológicos (éstos más lejos que aquéllos, la verdad, que el próximo trimestre empieza en menos de un mes), me preparo un té calentando el agua en el microondas, me siento delante de la pantalla y acaricio la idea de convertirme en cabeza de ratón. Y si tengo que elegir un ratón en concreto, me quedo con Ratatouille, el ratón cocinero, por supuesto.