Vale quien sirve

La Escuela Superior de Hostelería está situada en la Casa de Campo de Madrid. Quienes no conozcan la zona no sabrán que la Casa de Campo es un parque enorme en el que se mezclan domingueros, corredores, prostitutas y ociosos en general. Tiene un lago, un parque de atracciones y un zoológico con un oso panda. No es un mal sitio si lo tuyo es el rollo natural. O si quieres irte de putas, claro.

En los alrededores de la escuela hay siempre grupos pequeños de adolescentes, sentados en los bancos cercanos o apoyados en el muro que rodea el edificio. Algunos (muchos, la mayoría) fuman porros con un ojo puesto en la china y el otro en los coches de policía municipal que, con bastante frecuencia, hacen ronda por la zona. A simple vista, la fachada y todo el conjunto parecen los propios de un instituto de secundaria. Nadie diría que sus paredes encierran la escuela de cocina con más solera de todo el Estado español.

De vez en cuando, entra alguien más talludo, como fue mi caso ayer, primer día de mis dos años de formación para convertirme en cocinero. Para ser justos, debo decir que lo que vi no superó en absoluto mis espectativas; alrededor de cuarenta personas en clase, de las cuales treinta podrían tener más de veinte años menos que yo. Además, en mis primeras prácticas en cocina, no hice otra cosa que picar patatas, pesar unos buñuelos y limpiar una máquina de amasar. Bueno, eso después de que me mandaran a casa por haberme presentado en clase sin afeitar, que esa es otra. Sin embargo, fue a la salida cuando creo que le encontré cierto tranquillo a todo esto. En la puerta principal, escrito en unas letras discretas de color negro, pude leer la siguiente inscripción: “Vale quien sirve”. La frase es inquietante, para qué negarlo. Y tampoco es que la entienda muy bien. Pero es precisamente por eso, porque hay cosas que a primera vista no se entienden y luego resultan fundamentales, por lo que todo esto debe de tener algún sentido.

De todas formas, para desquitarme un poco, he decidido que este fin de semana haré coulant de chocolate de postre, que viene a ser lo mismo que trabajar montando escenarios y pasar luego tus ratos libres tocando la guitarra en casa creyéndote Jimi Hendrix. Anda que no…

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Septiembre (y 2)

El otro día soñé que Antonio Machín era cabeza de cartel de un festival de rock. Era algo así como cuando tocaron en Benicásim Brian Wilson o Leonard Cohen, pero más cañí. Los informativos de televisión abrían sus ediciones con la noticia, y los modernos no hablaban de otra cosa en la calle. Cuando desperté, tenía la sensación de haber vivido una realidad extraña, y sin embargo, todo estaba revestido de una cierta normalidad.

Bueno, pues así es como me siento hoy. Me siento como si hubiera despertado de un extraño sueño de septiembre (ya conté el otro día lo que este mes significa para mí) En esta vigilia, por un lado, he dejado de soñar con un futuro laboral idílico para sumergirme en la vorágine de una escuela que parece un cuartel, y por otro, he perdido el postre de la paternidad que me regaló el verano (“la naturaleza es sabia” y “si no ha sido esta vez, seguro que será la próxima” son las dos frases que más he escuchado estos días) Y, encima, no me quedan más cojones que vivirlo con normalidad.

Así que igual mañana puedo escribir sobre el primer día en la Escuela Superior de Hostelería. De momento, hoy todavía me tengo que desperezar.

Septiembre

Siempre he pensado que septiembre es el mes más especial de todo el año, un triángulo de las Bermudas colocado en mitad de los calendarios donde todo comienza y termina. En realidad, si lo quieres ver de una forma un poco más prosaica, septiembre es un momento en el tiempo a medio camino entre los buenos propósitos y los coleccionables por fascículos, donde nosotros, pobres inconscientes, volvemos a retomar las riendas de nuestras vidas en la medida en la que nos lo permiten, después de haber pasado treinta días (en el mejor de los casos) creyéndonos algo que no somos ni de lejos. Sin embargo, yo sigo prefiriendo creer en septiembres como catapultas, de esos que te pueden lanzar sin que puedas hacer mucho por evitarlo para colocarte en lugares en los que, tal vez, nunca imaginabas que ibas a caer.

Digo esto porque, en mi caso, septiembre siempre ha estado disfrazado de varita mágica. Me ha regalado cosas buenas y otras que lo han sido menos. Septiembre me convirtió de niño en hermano mayor. Luego, con el tiempo, me ha dado un sitio donde vivir y me ha sacado de trabajos absurdos para colocarme en otros que, mirados ahora desde la distancia, eran absurdos también. Pero septiembre también me ha quitado cosas; me ha arrebatado ilusiones y personas a las que quería y aún hoy sigo queriendo. De estudiante, por ejemplo, me quitaba horas de sueño que malgastaba subrayando de mala manera los apuntes que tenía que haberme leído en agosto. Incluso en lo gastronómico, septiembre me ha robado las ganas de comer, habida cuenta de las lorzas veraniegas.

Este septiembre de 2010 que acaba de empezar me ha dado, por el momento, un par de pistas de la que se nos viene encima. Por un lado, un camino nuevo, lleno de dudas pero también de grandes esperanzas. Por otro, la certeza de que, por muy mal dadas que vengan, estaré preparado para ser el mejor padre que mi hijo pueda tener. Nacerá en abril. Ya os iré contando.