Y, en esas, llegó el verano

Frío, lluvia, nieve, sol, calor, frío, lluvia, calor, lluvia y calor. Más o menos de esta forma, y no necesariamente en ese orden, se han ido desarrollando los últimos cuatro meses. De finales de marzo a esta parte, los días han ido haciéndose más largos; las comidas, más sabrosas; los edredones, más inútiles; y las decisiones, más reales.

Apenas empezaban a salir por la tele las primeras playas con gente, yo terminaba mi curso de cocina con sifón y comenzaba un no menos exótico módulo de Nutrición y Dietética. Lo del sifón es un invento; gracias a él pudimos tomar de postre espuma de crema catalana mientras España perdía con Suiza, y A degustó el asado de rape con espuma de calabaza. Lo de la dietética, por lo menos, nos ha dado una base teórica sobre los nutrientes, y nos ha metido el miedo en el cuerpo con las grasas trans. Así que, en este último caso, no sé si bien o mal.

Luego vino lo de la matrícula en la Escuela de Hostelería, que ya os conté en el anterior post, y lo de los champiñones rellenos en salsa, la primera receta de mi reconvertida vida laboral con la que realmente te chupas los dedos. Y en esas estábamos cuando, de repente, llegó el verano, cantera ideal para las conversaciones de ascensor y el mejor caldo de cultivo para las toxo-infecciones alimentarias. Ándense con ojo.

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