Dentro

Han sido doscientos diez días desde enero. Doscientos diez días de decisiones e indecisiones. Doscientos diez días pensando. Doscientos diez días sin saber si el camino que estábamos emprendiendo era el correcto o no. Doscientos diez días con la estúpida sensación de estar perdiendo un alma gemela como injusto pago por perseguir la felicidad (que en este caso, ya sabemos, es un estofado de ánimo) Doscientos diez días repartidos entre sifones, búsqueda de respuestas, cursos de Nutrición y experimentos de cuchillo y tenedor. Doscientos diez días jalonados por la incertidumbre de si sería posible, de si podríamos conseguirlo. Doscientos diez días cociendo la ilusión de un cambio de vida, a ver si ésta es la buena.

Hemos gastado doscientos diez días esperando la noticia que llegó hace apenas una semana. Estamos dentro. La Escuela de Hostelería nos quiere, y cada vez está más claro que nosotros la queremos a ella. El 20 de septiembre comienzan las clases, y yo estaré allí. Dentro. Así que ahora me voy de vacaciones; vacaciones de mí mismo y de mis doscientos diez primeros pasos en este viaje que me llevará de Algeciras a Siberia (recuerda J.J. que tus metáforas son órdenes para mí) Seguro que hay quien, leyendo esto, no entiende una mierda. No preocuparse; a veces yo tampoco entiendo nada.

Nos vemos en septiembre.

Menú degustación

No me busques en las demostraciones, ni encima de un pedestal, ni detrás de una bandera. No me vas a encontrar en discusiones sobre la superioridad de una raza, la fortaleza de un sexo o el dominio de una clase. No me preguntes por el concepto de patria o el sentimiento de nación, porque no tendrás una respuesta clara. Pero sí sabrás de mí si te fijas en el tipo que está sentado a la mesa, saboreando el menú degustación que pensábamos que nunca nos íbamos a comer.

Entrantes exóticos, como la ensalada suiza con reducción de coraje, el revuelto hondureño o la enchilada son los que ponen en marcha la adrenalina de mis procesos gástricos. Son el puré portugués o la paraguaya a los tres palos los que despiertan las papilas gustativas de mis emociones, antesala ideal de postres tan deliciosos como el flan alemán o el sorbete de naranja mecánica (aunque ya no lo sea tanto) Es allí, en la mesa de los abrazos, los pelos de punta y las lágrimas que saltan sin ni siquiera haber calentado antes, donde está mi patriotismo. Ésta es mi pica en Flandes, por encima de todas las demás tonterías.

Y, en esas, llegó el verano

Frío, lluvia, nieve, sol, calor, frío, lluvia, calor, lluvia y calor. Más o menos de esta forma, y no necesariamente en ese orden, se han ido desarrollando los últimos cuatro meses. De finales de marzo a esta parte, los días han ido haciéndose más largos; las comidas, más sabrosas; los edredones, más inútiles; y las decisiones, más reales.

Apenas empezaban a salir por la tele las primeras playas con gente, yo terminaba mi curso de cocina con sifón y comenzaba un no menos exótico módulo de Nutrición y Dietética. Lo del sifón es un invento; gracias a él pudimos tomar de postre espuma de crema catalana mientras España perdía con Suiza, y A degustó el asado de rape con espuma de calabaza. Lo de la dietética, por lo menos, nos ha dado una base teórica sobre los nutrientes, y nos ha metido el miedo en el cuerpo con las grasas trans. Así que, en este último caso, no sé si bien o mal.

Luego vino lo de la matrícula en la Escuela de Hostelería, que ya os conté en el anterior post, y lo de los champiñones rellenos en salsa, la primera receta de mi reconvertida vida laboral con la que realmente te chupas los dedos. Y en esas estábamos cuando, de repente, llegó el verano, cantera ideal para las conversaciones de ascensor y el mejor caldo de cultivo para las toxo-infecciones alimentarias. Ándense con ojo.