F-mérides

El 24 de junio de 1571 el conquistador español Miguel López de Legazpi funda la ciudad de Manila. En la actualidad, el conquistador da nombre a una estación de metro por la que transitan centenares de trabajadores de baja cualificación, y la capital filipina hace lo propio con una cafetería en la que señoras de edad avanzada meriendan tostadas y café con leche a las 6 de la tarde. Hay veces en las que hacer Historia no sale a cuenta.

El 24 de junio de 1821 tiene lugar la batalla de Carabobo, que sella la independencia de Venezuela. Dejando a un lado el estado actual de las cosas en el país caribeño, el nombrecito de la batalla en cuestión da más sensación de reyerta a pedradas que de gesta épica. Este tipo de cosas, junto con la dicotomía coger-follar y el adjetivo “licenciado”, son las que nos alejan de una simbiosis completa con nuestros congéneres de la América latina.

El 24 de junio de 1895 nace en Colorado, Estados Unidos, Jack Dempsey, campeón mundial de los Pesados entre 1919 y 1926. Se da el caso de que fue uno de los boxeadores más vapuleados de la historia pugilística, ya que perdió el cinturón por culpa de un árbitro despistado. Hoy, casi 85 años después, ingleses y mexicanos saben perfectamente de qué estamos hablando.

El 24 de junio de 1935 muere en Medellín (Colombia) Carlos Gardel, ilustre tanguero y rock and roll star adelantado a su tiempo, capaz de dibujar los restos de cocaína en el salón de una casa de putas de los años veinte con semejante clase: “Hay de todo en la casita / Almohadones y divanes / Como en botica, cocó / Alfombras que no hacen ruido y mesa puesta al amor”.

El 24 de junio de 2010, sin que se pueda decir que no nos lo hemos pensado lo suficiente, eché mi preinscripción en la Escuela Superior de Hostelería de Madrid. Ahora sí que ya no hay marcha atrás.

Ruido

Después de más de dos semanas sin escribir una sola palabra, ya empezaba a sonarme ruido en la cabeza. Qué le vamos a hacer; uno es de naturaleza responsable para según qué cosas, y el hecho de dejar el blog abandonado a su suerte durante tanto tiempo tarde o temprano te acaba retumbando. Y lo que son las cosas; en este momento en el que me pongo a escribir, el ruido entra por la ventana con la forma de una motosierra que poda los setos que hay debajo de mi casa.

Si tuviera que resumir en ruidos los quince días baldíos que han dejado en barbecho ésta, su bitácora, supongo que entre ellos abundaría, como no podría ser de otra forma, el sonido de tapas de cacerola apoyándose sobre la encimera, por ejemplo. O el gorgojeo de agua hirviendo, el sonido crispado de la carne en la sartén, el crujido de un puerro partiéndose o el timbre que anuncia que el microondas ha cumplido con su cometido. Sin embargo, también han existido ruidos que, en buena parte, han tenido la culpa de esta sequía de letras. Ruidos, en unas ocasiones, como el tecleo insolente que no respeta los fines de semana, y que se disfraza de trabajo freelance a mayor gloria de quienes necesitan hacer avituallamiento de pasta, no vaya a ser que vengan mal dadas. Estruendos, en otras, de apatía o de falta de tiempo que perder. A veces, incluso, la explosión sorda de quien no tiene nada que contar.

Si lo piensas un rato, podrías jalonar los momentos claves de tu existencia solamente con el ruido que los ha ambientado, desde el llanto mismo que ameniza el nacimiento. Bueno, para los sordos esta teoría no sería del todo correcta. “Todos me miran mal, salvo los ciegos, es natural”, que diría Paco Ibáñez. En todo caso, si de algo me he dado cuenta en este par de semanas es de que el ruido que rodea cada uno de tus pálpitos vitales es el correcto la mayoría de las veces. Por eso, lo suyo es no dejar de sentirlo. No dejar de sentir el ruido.

Inventario de buenos propósitos en el kilómetro cinco de la maratón

Esto no ha hecho más que empezar, y ya empieza a hacer un calor que te cagas. Me refiero un poco a todo, eh; hablo de meteorología, pero también hablo de los calores personales, los que van por dentro. Y no, no hablo de nada sexual.

Si tuviera que elegir una metáfora que explicara la sensación, creo que le robaría a J.J. la suya. Para él, las catársis personales, esas liadas de manta a la cabeza que tan fácilmente te llevan a cumplir tus sueños como te estrellan contra el asfalto, tienen la forma de una maratón. El inicio, el momento de tomar decisiones, es glorioso. Todo lo inunda el aire acondicionado de las cosas nuevas, o por lo menos de las diferentes, y de fondo no suena otra música que la música de los aplausos de la gente que ha ido hasta la línea de salida a gritar tu nombre, nada más sonar el pistoletazo. Sin embargo, bastan tres o cuatro zancadas, perderte entre la hojarasca de corredores, mirar un rato cómo tus pies hacen su trabajo mecánico. Cuando levantas la cabeza, ya has recorrido un buen trecho, y los gritos han dejado de escucharse. Ahora lo que toca es la monotonía de los latidos de tu corazón retumbándote en la garganta. Estás a punto de entrar en el kilómetro cinco. Y hace calor.

Por eso, para hacer un poco más llevadera la carrera, he optado por fabricarme un inventario mental de buenos propósitos, algo así como un mantra que, repetido muchas veces, me otorgue la fuerza necesaria para seguir adelante más allá de la canícula. Y pienso en la maratón, en por qué me inscribí. Pienso en los metros que voy dejando atrás. Pienso en que cada tramo que recorro es un tramo menos hasta llegar a la meta. Pienso en la meta. Me imagino el momento de la llegada, y pienso otra vez en los gritos de la gente. Pienso, pienso, y por más que pienso, no deja de hacer calor.

Así que, llegados a este punto, dejo de pensar. Arrugo mentalmente el papel imaginario donde he empezado a escribir y me centro en correr. Sólo pienso en seguir corriendo, que seguro que es la única forma de llegar a algún sitio.