Sesenta días

Hoy se cumplen treinta días desde que publiqué un post con ese mismo título: “Treinta días”. La idea (un poco peliculera, no nos engañemos) consistía en pedir recetas a la gente que, de forma hipotética, perdía un rato de su tiempo leyendo este humilde blog, ya fuera en sus escaqueos laborales o en sus ratos de ocio. De esa forma, yo ganaba por partida doble; por un lado, aprendería nuevos platos, que tal y como estamos planteándonos el futuro, no nos iba a venir nada mal. Por otro, iría adquiriendo conciencia de si realmente había alguien prestando algo de atención. Dos por el precio de uno, como en Carrefour. ¿O era tres por dos?

Bueno, sea como fuere, yo lancé la caña sin mucha esperanza de que picaran demasiados peces. Y me llevé nada menos que cuatro en el cesto. El primero, el de Paloma: cordero a la sepulvedana. Cosa más rica no te puedes comer. La salsa que proponía en su receta tiene la peculiaridad de impregnar de sabor a limón todo el conjunto, y de repente el cordero, una carne contundente casi por definición, se convierte en algo fresco y delicioso. Morados nos hemos puesto. Gracias, mamá.

El segundo pez vino de la mano de Mario. Sus calabacines rellenos nos solucionaron la cena de un martes, porque resultan muy fáciles de hacer y, además, te haces a la idea de que estás comiendo sano. Un consejo, por si acaso a alguien le apetece repetir la receta: si el queso que rallas sobre los calabacines es emmental, mucho mejor. El regustillo agridulce que deja cuadra muy bien con el sabor de esta hortaliza (joder, se me está pegando un tonillo de consultorio gastronómico…)

Juanjo mandó la tercera propuesta. En su caso fue propuesta, y no receta, porque sólo sugería cocinar algo con curry. Así que investigando un poco, e improvisando un poco también, preparé hamburguesas de patata y atún con curry. Sé que suena un poco marciano, pero luego están cantidad de buenas. Se trata de cocer unas cuantas patatas (no sé, cuatro, por ejemplo) y un huevo. Cuando están listos, patatas y huevo duro se mezclan aplastándolos con un tenedor, y se les añade media cebolla y un pimiento pequeño, todo ello picado muy fino (si puede ser con una batidora, mucho mejor) Una vez hecho esto, se le suma una lata de atún en aceite, pimienta negra, ajo picado y todo el curry que uno sea capaz de soportar. Esta es la base de las hamburguesas, por lo que ya sólo queda darle forma con las manos, rebozarlas en pan rallado y meterlas en el horno a unos 200º. Quince minutos por un lado, y diez por el otro.

El postre corrió a cargo de JyL: un helado de nata con almendras, que para qué voy a contar nada. Todavía nos estamos relamiendo.

Muchas gracias, chaval@s. Un placer (nunca mejor dicho)

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Revolución. Sifón, días 3, 4 y 5

Hay ratos (tampoco demasiados, no te creas) en los que me pregunto cómo serían las cosas en un mundo gastronómicamente ideal. Digo esto porque, en el mes escaso que ha transcurrido desde que comencé el flamante curso de cocina con sifón que me ocupa cada martes, he descubierto cosas bastante interesantes. Cosas como que puedes comerte unas patatas a la riojana metidas en una copa con textura de mousse. O la sabrosa diferencia que existe entre el hojaldre y la masa quebrada. O lo que es más importante: que muchas veces, hasta el plato más elaborado, puede resultar sencillo de realizar si se hace con ganas.

Es posible que en un mundo gastronómicamente ideal, los menús de los bares de polígono industrial, por poner un ejemplo, costaran 10 euros e incluyesen terrinas de setas con helado de piquillo. Es posible, igualmente, que en los colegios de ese mundo ideal y gastronómico se enseñara a los chavales y las chavalas no sólo a comer bien, sino también a cocinar bien, y niños y niñas pudieran jugar juntos con cocinas a escala sin que a nadie le pareciese raro, ¿que no? Lo veo claro: en los comedores sociales se comería en contraste de temperaturas, y las franquicias de hamburgueserías se cerrarían para abrir escuelas de hostelería subvencionadas por el Ministerio de Cultura.

Esos ratos en los que me pregunto cómo sería un mundo gastronómicamente ideal no se me ocurren nada más que tonterías, como se puede comprobar. Sin embargo, hay algo de todo esto que me deja pensando: más allá de las recetas de autor, de los planteamientos eco-equilibrados, de los destilados de tierra y de la mismísima Thermomix, la próxima revolución de la gastronomía debería pasar por la universalización de la buena cocina. Que todo el mundo pueda comer bien sin que para ello sea necesario dejarse el sueldo, o la pensión, en el peor de los casos. Bueno, eso creo. Que igual no, vete tú a saber…

A veces, bastan dos tortillas

A veces, bastan dos tortillas y un pan hecho en casa para diseñar la mejor cena de toda una semana. No tiene demasiada dificultad. Se trata de ablandar en condiciones la patata y la cebolla; tener una sartén con un tamaño decente, que combine diámetro y grosor; y saber en qué momento hay que girar la mezcla de bulbos y tubérculos. Sin demasiado misterio culinario.

A veces, basta también con un equipo de comensales agradecido, de esos a los que sabes que les pongas lo que les pongas encima de la mesa te van a decir que les gusta, y no van a dejar ni las migas. El de ayer era, a todas luces, el equipo titular: estaba A, por supuesto, y J y L, que habían bajado desde la sierra porque no querían perdérselo. También vinieron V y M, y AL., e I, que fue el encargado de poner la tecnología al servicio de las emociones.

A veces, bastan charlas sin demasiada sustancia; puñados de palabras sueltas sobre cualquier tema, intrascendente o no, que sirvan de camuflaje a los nervios, a las dentelladas de las uñas (después de tanto tiempo…), a la resignación de los perdedores con más encanto. Son palabras tan reconocidas que de puro sobadas ya dan calor. Por eso bastan.

Pero también, a veces, son necesarios gritos de alegría, abrazos y un puñetazo encima de la mesa que ponga las cositas en su sitio. Los abrazos y los gritos corrieron de nuestra cuenta. El puñetazo, en cambio, lo dio un argentino de apenas 22 años que, pegado a la línea de córner, levantó la cabeza y con su mano derecha señaló el primer palo para que un uruguayo, algo más talludo, hiciera el resto.

A veces, bastan dos tortillas para una noche inolvidable. Cuestión de huevos, sin duda.

Microrrelato pequeño y, en consecuencia, redundante

El crítico gastronómico entró en el restaurante y pidió el bocado más especial de la casa. Una hora y media más tarde, el camarero se dirigió a la sala y le colocó sobre la mesa un plato vacío. Ambos, crítico y camarero, se miraron con cara de desconcierto, ignorantes de lo imprevisible que puede llegar a ser un cocinero indeciso.

Pues eso, que a mí tampoco se me ocurría sobre qué escribir hoy. A ver mañana.