Esta noche no ceno

Hay días que comienzan como comienza un menú degustación, con un primer plato discreto pero delicioso y muy esperado. Días que empiezan como picatostes de bacalao flotando sobre el lago de patata y puerro de una purrusalda. En mi caso, el día de hoy ha comenzado comprobando en primera persona por qué hay veces en las que dos amigos deciden embarcarse en un negocio. Va más allá de lo mercantil. Se trata de experimentar, silla con silla, cómo un directivo de televisión te deja la puerta de la sala de los tesoros entornada, que no abierta. Cómo, sin saberlo, rinde pleitesía a tres años de entrar por las ventanas y, a veces, a codazos. Eso, verlo en equipo, mola.

Pero también hay días que terminan como si de repente se parase el tráfico, y todos los conductores bajaran la ventanilla para mirarte, cualquiera sabe si para compadecerte, en el peor de los casos. Días en los que es mejor echar a andar, con las manos en los bolsillos y, dentro, los dedos cruzados para que los coches circulen de nuevo. Días que te dejan la digestión de una hamburguesa congelada. Lo mejor de esos días es saber que en casa te espera el remedio a (casi) todos tus males. Algún día os hablaré de ella.

Por eso, creo que esta noche no voy a cenar. Ya desayunaré bien mañana.

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