Ella

Se me coló de noche, aprovechando la oscuridad y los sentidos enervados. En aquellos primeros días, comíamos queso con pan, sin complicaciones, y yo le prometía un pastel de berenjena que todavía no he terminado de cocinar.

Nuestro primer verano nos supo a francesinha* y a falta de práctica, y los siguientes, a tallín de ternera, a escalivada y a quesos sur la plage. Y también a falta de práctica. Pero igual que cuando te enseñan a cortar te dicen que hay que agarrar el cuchillo con firmeza, en perpendicular a la superficie, y te hacen repetir esa danza metálica una y otra vez, primero despacio y luego adquiriendo un ritmo inconsciente y mecánico, nosotros quisimos seguir haciendo brunoisse con nuestras vidas. Aunque en una de esas, casi nos llevamos un dedo por delante.

Juntos hemos descubierto que los viajes en coche y tienda de campaña saben a espaguetis cocidos en Campingaz. O que los jueves por la noche se parecen a una ensalada templada de espinacas, gulas y queso de cabra. Con ella cerca he sido capaz de perderle el miedo a las espinas del pescado y a algún que otro fantasma. Y en el camino, hemos ido encontrando la práctica que nos faltaba.

Hoy hace tres años que A apareció en mi vida. Como dice la canción, no podría quererla más, tiene un magnífico sabor.

* La francesinha es un sándwich portugués relleno de varios embutidos y un filete de ternera, y bañado en una salsa hecha a base de cerveza y tomate.

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Esta noche no ceno

Hay días que comienzan como comienza un menú degustación, con un primer plato discreto pero delicioso y muy esperado. Días que empiezan como picatostes de bacalao flotando sobre el lago de patata y puerro de una purrusalda. En mi caso, el día de hoy ha comenzado comprobando en primera persona por qué hay veces en las que dos amigos deciden embarcarse en un negocio. Va más allá de lo mercantil. Se trata de experimentar, silla con silla, cómo un directivo de televisión te deja la puerta de la sala de los tesoros entornada, que no abierta. Cómo, sin saberlo, rinde pleitesía a tres años de entrar por las ventanas y, a veces, a codazos. Eso, verlo en equipo, mola.

Pero también hay días que terminan como si de repente se parase el tráfico, y todos los conductores bajaran la ventanilla para mirarte, cualquiera sabe si para compadecerte, en el peor de los casos. Días en los que es mejor echar a andar, con las manos en los bolsillos y, dentro, los dedos cruzados para que los coches circulen de nuevo. Días que te dejan la digestión de una hamburguesa congelada. Lo mejor de esos días es saber que en casa te espera el remedio a (casi) todos tus males. Algún día os hablaré de ella.

Por eso, creo que esta noche no voy a cenar. Ya desayunaré bien mañana.

Hambre

El hambre espabila. Quiero decir, que cuando tomas la decisión de mandar a tomar por culo lo que te ha dado de comer durante un puñado de años, no te queda otra que buscarte la vida porque el tiempo corre en tu contra. Y entonces, se te despiertan unas conexiones cerebrales que deben de estar relacionadas con la osadía o algo así. Digo todo esto porque en el tiempo que ha transcurrido desde que decidí dedicar mis días a cocinar, he hecho cosas que en estado de equilibrio psico-laboral probablemente ni se me habrían pasado por la cabeza. Cosas como localizar a B, alguien con quien no había vuelto a hablar desde 1990. B es hoy un cocinero que te cagas; un tipo que ha estudiado en París, que ha currado con alguno de los más grandes y que dirige en Madrid un pequeño restaurante donde te puedes comer un huevo de corral a 69º con trufa y puré de apio.

A pesar de que con quince años fuimos bastante colegas durante una temporada, bebimos bourbon y escuchamos a los Cramps, yo creo que B ni siquiera se acordaba de mí. Pero las conexiones cerebrales de las que hablaba antes me empujaron a llamarle y contarle mis planes rocambolescos. Y el caso es que me recibió. Da igual que me dijese que la cocina es un trabajo de locos, y que lo mejor que podía hacer era olvidarme. Lo importante es que también me dijo que cocinar es el oficio más apasionante del mundo, mientras intentaba describirme el indescriptible sabor de la becada. Y a estas alturas de la película, con eso me basta para seguir adelante.

A lo que voy es a que el hambre espabila. No hablo sólo de hambre física, sino también de hambre de respuestas, de hambre entendida como inquietud o simplemente como inconformismo. Tal es así que anoche, para cenar, herví tres puerros cortados en juliana, y cuando estuvieron bien blandos, los pasé por la batidora incorporando un poco de nata. Luego, como si llevara haciendo esto toda la vida, corté una manzana en dados pequeños, los poché en la sartén con ajo picado y los añadí a la mezcla. El resultado final, un inconformista puré de puerros con manzana que nos comimos con pollo. Y de postre, me puse este temazo de los Cramps.

Elige tu futuro. Elige la vida

Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige buena salud, colesterol bajo y seguro dental. Elige hipoteca a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver teleconcursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… (Trainspotting, 1996)

De eso se trata. De elegir. Acabo de cumplir 36 años, y de ellos, catorce me los he pasado trabajando como periodista en sitios tan peregrinos como la redacción de una revista de tuning, el teletexto de una cadena local o programas de televisión dirigidos y producidos por personas con menos cerebro que criterio, y viceversa. He montado una productora audiovisual sin medios, he intentado enseñar a escribir relatos a gente con parálisis cerebral y he recibido órdenes de redactores jefe que escupían lindezas como “me se ha ido la inspiración” o “hay que arbitrar los mecanismos”. Así que ahora, catorce años después, me toca elegir a mí.

J.J. siempre dice que si quieres llegar a Siberia desde Algeciras no tienes más que dirigir tus pasos hacia el Norte y empezar a caminar. Y eso es exactamente lo que voy a contar en este blog; mi travesía desde Algeciras hasta Siberia, entendiendo por Algeciras un oficio que a fuerza de rutina, desencanto y manías propias de la edad ha dejado de quererme, y por Siberia una secretaria veinteañera estupenda que se lo quiere montar conmigo en los probadores de la sección de lencería de El Corte Inglés, usando espumaderas, sartenes antiadherentes y ollas (ahorrémonos la rima) como juguetes sexuales. Metáforas aparte, y para ir dejando las cosas claras, mi elección pasa por abandonar mi pasado como periodista para convertirme en cocinero.

La verdad es que la cosa tiene cojones. El viaje que me espera incluye, por lo menos, un par de años de formación en la Escuela de Hostelería, y vaya usted a saber cuánto tiempo más deambulando por cocinas en busca de experiencia. Y todo con 36 años, que no se nos olvide. Pero qué le vamos a hacer; para mí, a día de hoy, la felicidad es un estofado de ánimo, un camino que huele a orégano fundiéndose en crema de roquefort a fuego medio. Decía Ray Davies en el 70: “No sé hacia dónde voy, no quiero verlo. Siento el mundo debajo de mí alzando la vista, mirándome a mí”. Da un poco de vértigo, pero no veas cómo mola.