DANDO LA BRASA (o teletipo breve y conciso para dar fe de que seguimos aquí)

Vaya tela. Mira que me propongo no descuidar el blog más de lo debido, pero nada. Y eso que ahora no se trata de una cuestión de desidia, que va. Ahora de lo que se ha tratado ha sido, una vez más, de falta de tiempo. Hace ahora una semana que he terminado más de un mes y medio de trabajo en la cocina de un conocido espacio cultural madrileño. Me he inflado a cocinar, como siempre quise, con vía libre para elaborar los platos que me han dado la real gana, y además, con una cierta responsabilidad en el asunto.

Por otra parte, hace ya un mes que celebramos el Jazz & Brunch de In Dreams Café. Llenamos, con 80 personas, un espacio configurado para 70, y nos lo pasamos en grande con la música de Mother Mayhem. Ahora que vuelvo a tener tiempo, prometo solemnemente editar el vídeo que grabamos en unos días, para que le echéis un vistazo.

De momento, seguiremos trabajando con la gente de Fuegomarket. Sé que os he hablado mucho de ellos, pero no tengo tan claro si les habéis visto funcionar. Si es así, aquí tenéis uno de sus vídeos. Un poquito de brasa ahora que llega el frío.

 

CINCO RAZONES POR LAS QUE AMAMOS LA TORTILLA DE PATATA (o el que no se consuela es porque no quiere)

Nos pasamos todo el año esperándolo, y luego, el muy rufián, se nos escapa como arena entre los dedos, que dirían los más líricos. A estas alturas, es una realidad: el verano se ha acabado. Atrás quedan los chiringuitos playeros, las obsesiones por lucir palmito y las puestas de sol bucólicas. Pero no se apuren, queridas y queridos; aún queda algún rayo suelto de sol que nos puede dar tregua para salir a la terraza y creer que estamos en Palm Beach, o para organizar alguna merienda campestre de filete empanado y tortilla. Y precisamente de eso va a ir el post de hoy. De la tortilla de patata, uno de los buques insignia de la gastronomía ibérica.

A juicio de quien suscribe, existen cinco razones que nos hacen enamorarnos de esta joya circular de la corona culinaria. Son las siguientes:

1- La tortilla de patata es uno de los inventos gastronómicos con más solera dentro de nuestro acervo digestivo. A pesar de que hay variedad de registros acerca de su procedencia, lo más seguro (y sé que esto le va a encantar a A.) es que su primera aparición surgiese en Navarra. Cuenta la leyenda que fue el general Zumalacárregui quien la inventó para llenar el estómago de los ejércitos carlistas. Sea como fuere, aquí podéis encontrar buena información sobre su historia y peculiaridades.

2- La tortilla de patata ha atravesado fronteras y ha puesto a los españoles en el mundo. Hace unos días, N. me contaba que la empezó a cocinar en el bar que su madre tiene en su país, Costa Rica, y que en un par de días los clientes entraban preguntando por “el plato ese español tan bueno que servíais el otro día”. Cómo será la cosa, que hasta han surgido imitaciones a lo largo de los años en países tan diametralmente opuestos a nosotros como Suiza, por ejemplo. Ellos hacen el rösti. A ver si encontráis diferencias…

3- Las rock and roll stars de la cocina se han rendido a los pies de la suculenta rueda, ya sea reinterpretándola, como en el caso de la tortilla de Ferrán Adriá (que en realidad inventó Marc Singla, uno de sus colaboradores), u homenajeándola en la gran pantalla, como hizo Arguiñano en “Airbag”

4- Hasta los más exigentes con su alimentación tienen acceso a la tortilla de patata. Buena prueba de ello es la tortilla vegana, que no emplea huevo en su elaboración.

5- Y qué caramba, que las cosas buenas de la vida, como lo es la tortilla de patata, te permiten conocer a gente estupenda. Yo, por ejemplo, he conocido a Milagros, cocinera en el bar La Fuente de Castro Urdiales (Cantabria) Esta mujer tiene premios en infinidad de certámenes gastronómicos, y su tortilla está considerada como una de las mejores de España. Después de haberla probado, yo diría que, junto con la de mi madre, es la mejor. La propia Milagros os cuenta paso a paso cómo la hace en el vídeo de hoy.

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JAZZ & BRUNCH (o unos minutos publicitarios para combatir la astenia estival)

Lo de hoy no es un post. Bueno, en sentido estricto sí que lo es, porque son palabras escritas en éste, su humilde blog, con vocación de ser leídas. Pero, en realidad, se trata más de un breve consejo publicitario. A lo que vamos: el próximo 25 de septiembre, a las 12 de la mañana, vamos a celebrar el primer Jazz & Brunch estofadodeanimo. El título no deja lugar a la duda; un concierto de jazz, a cargo de Mother Mayhem Trío, combinado con un brunch de domingo a mediodía confeccionado por tres cocineros, entre ellos un servidor. El lugar, el Indreams Café de la calle San Mateo de Madrid. Un trozo de la década de los 50 en mitad de Malasaña.

Qué le vamos a hacer. Creemos en una nueva forma de interpretar la cocina, más cercana a la actividad cultural y menos a la hostelería como la conocemos tradicionalmente. Por eso, partiendo de esta experiencia piloto, vamos a seguir intentando mezclar la gastronomía con la música, las artes escénicas, la fotografía, la pintura o lo que se nos ocurra. Contádselo a vuestros vecinos. Allí os esperamos.

Otra cosa: no os perdáis a Hanna Hart. Esta neoyorquina tiene un programa de cocina en Internet. En él elabora diferentes platos, mientras bebe hasta ponerse pedo como una bellaca. En uno de los capítulos de su “My Drunk Kitchen” intenta hacer un brunch. Otra cosa es que lo consiga.

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UN HUERTO EN CASA (o el día menos pensado me exilio a la montaña)

Así las cosas, de vacaciones aunque con un trabajo cómodo entre manos, he metido en la maleta las cuatro camisetas que tengo y me he instalado en el campo. Así, a lo residencia de verano. Cuando miro por la ventana veo una montaña, y cuando salgo a la calle huele a lo que huele el campo; algo que es difícil de describir, pero que mola.

El campo es un sitio donde apetece ponerse a cocinar. En estos días hemos metido en el fuego arroz para hacer risotto, carne de la sierra y hasta un botillo, cortesía de V y M. También en estos días hemos recogido los primeros tomates de las matas que plantamos en primavera. Y nos los hemos comido. Con eso de que es verano, nos estamos moviendo, no te creas; pasamos por el Jazzaldia de Donosti, por el pirineo navarro, y aún haremos alguna visitilla playera. Sin embargo, por lo menos un ratito cada día, me he acordado de la montaña que se ve desde la ventana. Y me entran unas ganas muy gordas de quedarme en el campo pa los restos.

Así que desde el campo vamos a hablar, como no podía ser de otra forma, de cómo construir un huerto en la terraza de tu casa. No se trata, ni mucho menos, de un vídeo técnico. Más bien son los consejos más básicos para plantar tomates o calabacines. La tierra siempre húmeda y el sol hacen el trabajo sucio, y luego tú te los comes, que es una actividad muy recomendable. Y todo gracias a mi amigo J, que me dejó grabar en su huerto, y se curró un microtutorial que te cagas. Aunque antes de cerrar el chiringuito de este post, un par de recomendaciones para gastrofans:

1. El pacharán Gaizka, una delicatessen para los amigos de la cara más golfa de la endrina. Le quitan la semilla a las bayas y les queda un licor para quitarse la boina.

2. Los fanáticos de la barbacoa y la cocina a la brasa deberían conocer a la gente de Fuegomarket, tienen el catálogo más completo de leña, aromáticas, carbón y maquinaria, y una curiosa forma de entender el fuego y su efecto sobre los alimentos. En breve, sabréis mucho más de ellos.

Hale, a disfrutar de la canícula.

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HASTA LA COCINA (o la reflexión mononeuronal sobre mi año en Disneylandia)

Estoy seguro de que, a nada que le echemos un poco de imaginación, fijo que se nos ocurren unas cuantas excusas morbosas para justificar estos casi dos meses de ausencia de letras e imágenes. Un secuestro en la selva colombiana, por ejemplo, a lo Ingrid Betancourt, con escándalo sexual de fondo. O una mala época, sumergido en alcohol barato y micras de heroína de poblado, consecuencia de mis deudas de bingo. Pero no. La verdad es que, por muy cargadas de glamour que suenen estas historias, el motivo real de mi desaparición ha sido, una vez más, la escuela. Recta final, exámenes finales y un viaje a Donosti, donde he visto de cerca lo que es cocinar entre las nubes (y eso que hizo sol) Bueno, eso y que con todo el follón no tenía demasiadas ganas de ponerme a grabar. Seamos honestos.

Si tú que estás leyendo esto no sabes de qué va lo que estoy contando, no tienes más que pasar páginas hacia atrás, y buscar los post de hace un año por estas fechas. En aquel entonces, todavía no teníamos ni puta idea de si acabaríamos estudiando en la mayúscula Escuela Superior de Hostelería y Turismo, si acabaríamos echando hamburguesas a la plancha en un McDonald’s o si acabaríamos con un anuncio en la sección de relax de La Razón. Ah, no; que no tienen. Bueno, ya me entiendes. El caso es que, ahora que ha acabado el curso, le doy vueltas a la idea de que a lo largo de este año me he metido hasta la cocina de un mundo que apenas doce meses atrás me parecía Disneylandia. Y he visto de todo, no te creas. He visto lo que supone trabajar en el sector de la hostelería, con todo lo bueno y lo malo que eso tiene. He conocido a personas apasionantes, superhéroes de la profesión, profesores mediocres y otros con los que aprender a la calor de los rondones ha sido un verdadero privilegio. He empezado a caminar, despacio y con la visión un poco turbia aún, por las veredas del periodismo gastronómico. He soñado con cocineros que trabajan como DJs. Y he aprendido los trucos básicos para que te salga el risotto más rico que te puedes echar a la glotis. Con eso, ya podemos dar el año por bueno.

A lo que voy: que estamos de vacaciones escolares por primera vez desde los años 90, y eso mola mucho. Que estamos preparando una historia que mezcla jazz y cocina, que en breve contaré más en detalle. Y que de Donosti me he traído un regalito para quienes gusten perder el tiempo leyendo éste, su humilde blog. También me metí hasta la cocina, nunca mejor dicho, de las casas de Pedro Subijana, Martín Berasategui y Karlos Arguiñano. Y lo grabé en vídeo, por supuesto. Así que, si tenéis curiosidad por ver cómo son por dentro…

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ALGUNAS APLICACIONES CON BIZCOCHO LIGERO (o la creatividad como truco para la supervivencia)

Los aficionados a los refranes tienen uno que aplican con resignación cuando las cosas se tuercen: “Poco dura la alegría en casa del pobre”. Pues eso; en mi caso, la alegría ha durado tres meses justos. De febrero a mayo. Hace un par de días me comunicaron que la recesión económica no permite que siga trabajando. Vamos, que no me han renovado el contrato en la cocina de la franquicia vasca esa de la que os hablé hace algún tiempo, porque no tienen un clavel. Y lo de trabajar gratis es que tampoco lo veo…

Siendo como soy del Atleti, estoy más que acostumbrado a la adversidad, así que no me queda otra que abrir el bolsillo de la creatividad y tirar de plan D (el B y el C ya quedaron atrás hace mucho tiempo) A día de hoy, mi plan D tiene bastante que ver con las excelencias que ofrecen la investigación y el periodismo gastronómico. Ya os iré contando.

Y precisamente de creatividad va el videopost de esta semana. Nada tan fácil como hacer un bizcocho ligero, para luego aplicarlo tanto a un plato salado como dulce. Hay que echarle huevos, por supuesto, pero también harina para insulflarnos valor y azúcar para endulzar el trance. Lo demás luego viene solo.

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MILHOJA DE ARROZ A LA CUBANA (o cómo empezar otra vez desde el principio)

Decidido queda. A partir de hoy, éste, su humilde blog, pasa a convertirse en videoblog. O lo que es lo mismo, seguiremos contando nuestras miserias, pero las vestiremos un poco de imágenes por aquello de ilustrar un poco el asunto. Después de todo, estamos aquí para hablar de cocina, ¿no?

El caso es que la idea no es repetir el patrón de videoblog de recetas, que ya hay unos cuantos y lo hacen muy bien. Aquí de lo que vamos a tratar es de divulgar. Así, por las bravas. Me explico; habrá recetas, por supuesto, pero también habrá entrevistas con cocineros, cocina para niños, planteamientos de cocina creativa para celiacos o diabéticos, reportajes de viajes gastronómicos… Lo que se nos vaya pasando por la cabeza, vamos. Y lo que le apetezca ver a la gente (porque, hay alguien ahí… ¿no?)

El otro día contaba que nos habían (perdón por el plural mayestático, pero siempre se me ha dado fatal individualizar el discurso) seleccionado para representar, junto con cuatro personas más, a la Escuela Superior de Hostelería en el concurso de pinchos de la Cátedra Ferrán Adriá. Pues bien, el primero de los vídeos será la versión 1.0 que preparé para el acontecimiento, y que, obviamente, no será con el que participe. Se trata de una milhoja de arroz a la cubana, una forma divertida de presentar un plato clásico de la cocina de toda la vida. Ya me diréis que os parece.

Señoras, señores: bienvenidos al nuevo estofado de ánimo. Just like starting over, que diría John Lennon…

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Carne de gallina en pepitoria

Hoy es uno de esos días que te los pasas con la carne de gallina sin ninguna razón especialmente relevante. Bueno, supongo que influye que la escuela ha cerrado por vacaciones, y después de dos meses y medio tengo la tarde libre para rascarme el higo o, poniéndonos productivos, escribir un poquito, porque vaya tela lo descuidado que tengo el blog. Pero a lo que íbamos; que llevo todo el día con la carne de gallina por los motivos más peregrinos. Esta mañana, por ejemplo, mientras aliñaba unos solomillos en el curro antes de pasarlos por la brasa, me he acordado de dónde estaba hace justo un año; por aquel entonces no paraba de pensar en el futuro y, mira por dónde, hoy, un año después, me he permitido el lujo de recordar el pasado sin nostalgias ni esas mierdas. Sólo por recordar. Y se me ha puesto la carne de gallina.

Luego, en el metro, de camino a casa, unos chavales turcos, gente con pasta a juzgar por las cámaras que llevaban colgadas del cuello, han empezado a hacerle fotos a una niña que no tendría ni un año. Lo hacían en agradecimiento hacia la madre de la criatura, que un rato antes les había indicado cómo llegar hasta la plaza de toros de Las Ventas. Un agradecimiento raro, en todo caso, porque luego, cuando se han bajado del vagón, ni siquiera han hecho intención de tomar nota de un correo electrónico o algo para enviar las imágenes a los orgullosos progenitores, que sostenían a la cría como si tuvieran en brazos una réplica de Kate Moss en miniatura. Llámame maricón si quieres, pero la escena también me ha puesto la carne de gallina. En qué estaré yo pensando…

Y ahora llego a casa, enciendo el ordenador, me pongo esta canción y venga, la carne de gallina otra vez. Así que, con la sensibilidad cutánea de un consumidor de éxtasis, he decidido escribir sobre esta sensación que me recorre el cuerpo, y dejar para mañana (o pasado, que ahora tengo las tardes libres. Sí, ya sé que lo he mencionado antes, pero es que aún no me hago a la idea) novedades culinarias, como que me he clasificado junto a otros cuatro compañeros de la escuela para participar en el concurso de pinchos que organiza la cátedra Ferrán Adría de la Universidad Camilo José Cela. Pero eso, mañana (o pasado), que ahora me piro a la calle, a que me dé el sol en la cara.

De profesión, cocinero

Bueno, para resumir. El caso es que no tuve que esperar demasiado a la llamada. Apenas dos días bastaron para conseguir el trabajo: ayudante de cocina a media jornada en un restaurante de una franquicia vasca. En una escena cinematográfica ideal, ahora sería el turno de los fuegos artificiales, la música épica de trompetas y bombos, y todo ese rollo. Lágrima fácil. Nada más lejos.

Desde principios de febrero, mi vida se limita a lo siguiente: a las ocho de la mañana suena el despertador, y comienza una carrera demente por etapas. Entre las ocho y las nueve, quehaceres propios de la higiene personal; ya sabes, ducha, desayuno, lavado de piñata y afeitado los días que toca. Luego, cuesta arriba a coger un metro donde los ejecutivos de diseño (esto no es tópico, es una verdad grande como un zepelín) se mezclan con los acordeonistas, que últimamente son tendencia en el suburbano, para llegar a las afueras de Madrid un poco antes de las diez, mi hora de entrada. A partir de ahí, una hora de elaboración de pintxos creativos, dos horas de fogoneo para el menú, y otras dos horas de servicio y comandas, donde el marcha y pasa se convierte en algo parecido a los sueños raros que tienes cuando te sube la fiebre: todo da vueltas, las escenas se repiten (o eso te parece a ti), el suelo resbala y el error más mínimo es motivo para que te llamen la atención porque, una vez más, se te están viendo las costuras de quien no tiene experiencia ninguna en una cocina. Uf… Después, de nuevo el metro, los acordeonistas y un inquietante olor a fritanga en las manos, camino de la escuela, donde entro a las tres y media, paso un par de horas de teoría y me endoso otras cinco de cocina. A las diez y media de la noche llego a casa, A. me pregunta qué tal me ha ido el día, y a veces no tengo ganas ni de contestar. Pero como la conciliación de la vida laboral y la personal manda, saco fuerzas de los complejos vitamínicos que he empezado a tomar para poder llegar hasta el viernes sin que me dé un colapso, y le hago un resumen que, algunas veces, me sirve para darme cuenta de los fregaos en los que me meto (quién me mandaría a mí)

Este es el momento en el que los aficionados a los refranes y el acervo dirían que sarna con gusto no pica, que a quien Dios se la dé que San Pedro se la bendiga y demás frases enervantes. Pues es verdad. No estamos para quejarnos. Si acaso, dos pegas: la primera, el horario me hace difícil ver a la gente que quiero. La segunda, el mismo horario me hace casi imposible escribir en este, su humilde blog, tanto como me gustaría. La primera de las pegas intento salvarla en cuanto tengo cinco minutos para respirar. La segunda, trataré de salvarla aunque sea en los ratos de metro. Amenizado, cómo no, por la música de algún puto acordeón.

Un buen día para el héroe de la clase trabajadora

Como de costumbre, llego tarde. No es algo que haga de forma intencionada, ni un acto de divismo, ni nada que se le parezca. Sólo es que, a veces (no, a veces no; casi siempre) es como si los minutos, las horas y hasta los días se me quedasen pequeños, igual que se me ha quedado pequeña tantas veces la ropa. A lo que voy es que, una vez más, llego tarde para contar (hoy, martes) que el viernes pasado fue un gran día. Tampoco es que ocurriera nada realmente extraordinario, pero sí coincidieron en el tiempo y en el espacio un par de detalles-subidón; detalles de esos que… bueno, yo creo que el calificativo “detalle-subidón” hace inútil cualquier explicación, ¿no? Pues eso.

El primero de esos detalles sonó a cerrojazo, pero un cerrojazo dulce. El viernes mandaba la sensación de haber cerrado una etapa sin rencores. Se acabó lo que para mí era la idea perfecta hace dos años, y que rápido dejó de serlo. Por eso, chicos de Miramapa, sólo espero que tengáis toda la suerte que pueda caber dentro de un proyecto. Que os ilumine la inspiración, que se pongan en fila india todos los planetas y que Google os deje encima de la mesa lo antes posible un cheque con el tamaño de todos vuestros sueños.

El segundo detalle apareció en la escuela, de la mano de S.F., uno de los profesores más reputados de los que circulan por allí. Debo decir que en los últimos meses he dado el coñazo hasta a los bedeles con el soniquete de que estoy buscando trabajo en una cocina, ya sea cocinando propiamente, pelando cebollas o fregando la batería, si fuera necesario. El objetivo, más allá de lo económico (que ya empieza a ser urgente, para qué nos vamos a engañar), es intentar aprender apretando el acelerador, además de ventilar un poco la mollera, que después de tanto tiempo sin trabajar a uno se le está empezando a quedar cara de vendedor de Biblias en Azerbaiyán. El caso es que lo que S.F. traía el viernes en la mano era un número de teléfono. A veces, un simple número de teléfono apuntado en un papel arrugado puede alegrarte el día, sobre todo si el titular tiene la posibilidad de darte curro.

Así que en esas estamos, saboreando aún lo que queda de dulce en el recuerdo del viernes, y esperando una llamada de teléfono que puede hacerme entrar de cabeza en la segunda fase de mi cambio de vida. Ya os iré contando.

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